Mi primer beso chispas

Mi primer beso fue forzado y extrapremeditado. Algo ensayado he insípido. Con lo que después del fiasco, cualquier beso iba a resultar verdadero. Fue el primer ejemplo recibido de que cuando se busca una acción desesperadamente, esta responde con una sensación deficiente, a medida de la obsesión que hallamos puesto en ella. Jamás había visto antes a aquella niña con la que no conecté desde el momento que la vi por primera vez. No sentí atracción ninguna. No por que no la hubiera, sino porque yo la maté antes de que nos envolviera o pudiera hacerlo. Todo por mi descontrolado y brusco deseo de contar en mi haber con la reina suprema de los actos entre dos… el beso.

Beso hubo (o quiso serlo) pero irreal, como un payaso con la cara lavada, los pájaros que no cantan, la manzana que no cae por su propio peso o una tónica sin limón templada. Cierto es que muy guapa no era, pero más fea fue mi intención egocéntrica de pensar que podría robarle la sinceridad a unos labios que nada tenían que ver conmigo. Un gesto fallido por intentar en vano manipular lo que fuere dentro del mundo de lo emocional y lo sentimental. Una acción muda e inútil como la de un cazador que intenta cazar una presa sin esperar. La prisa acabó con todo antes de que llegara…

Pero cuando me calmé, me olvidé de mí y me dejé llevar… el verdadero llamamiento de mi deseo se apoderó del aire y entonces apareció ella con sus labios de niña disfrazados de mujer.

Hasta el día que conocí a Judith siempre me sentí extraño como una belleza incapaz de mirarse al espejo. Como si siempre o a menudo me sintiera fuera de lugar incluso estando en el lugar apropiado. Ella hizo que empezara a confiar en mí por primera vez y a conocerme un poco más contagiado por su valentía. Todo en ella era pura y expontanea seducción. Salía por si sola de todos sus gestos, de los intencionados y de los que no lo eran. De sus pequitas, de sus andares insinuantes que sobrevolaban por encima de su naturalidad porque toda ella era así. Recuerdo cómo me miraba con aquella provocación pícara y prematura mientras masticaba chicle de clorofila. Una mirada que te invitaba a cruzar con ella las lineas eróticas que hubieras alcanzado. Más bien con 12 años no había cruzado muchas, más bien ninguna, más bien venía de tropezar en la primera que fui a cruzar. Aquella mirada me proponía lo impensable para mi entonces. La oportunidad de quitarme cualquier antifaz que llevara por miedo a probar algo nuevo y desconocido. Aquella colorada seducción infantil que brotaba de sus mejillas era capaz de llevar a un “amor” pedante a los prostíbulos 24h del infierno más lejano y en llamas que puedas imaginar. Aquella aureola que emanaba no era rojo corazón, era caramelo de fresa resbalando por el pecho. Cómo olvidar aquel uniforme del colegio ingles, con aquel sueter azul marino, que por las formas dejaba adivinar los jóvenes pechos que no llevarían más de dos o tres floridas estaciones ocupando su espacio. Cómo olvidar el volcán que escondían aquellas trenzas con lazos de gales a juego con la falda. Desde la primera vez que nos vimos en el parque, los dos sentimos mutuamente que no nos íbamos a conformar con nada que no superara lo vivido hasta el momento. Yo por mi parte iba a cruzar esa línea si o si… y entonces, uno de aquellos días en los que los columpios a mi alrededor empezaron a diluirse, llegó el magnetismo que rompe cualquier barrera, se me acercó jugueteando con una de sus trenzas, me miró fijamente y vi la luz…

Ni siquiera fue a escondidas. Fue en medio de todos los demás niños que con sus miradas atónitas no hicieron más que encender al máximo el calor hirviente de aquel instante. Una atmósfera sensual y rebelde empezó a llenarlo todo a nuestro alrededor. Un gesto entre labios que le gritaba al viento que estábamos allí disfrutando el uno del otro muy lejos de la vergüenza y la timidez. Sentí su alma a través de su boca. Un ánima atrevida y pícara vestida de encaje que iba dejando un reguero de rosas que me conducían a una nueva estancia y me indicaban los placeres ocultos que allí me esperaban. Al contacto de sus labios sentí su carácter encendido en imágenes, a la vez que este dibujaba en mí su forma de ser. Sentí un valor y una curiosidad incalculable en sus besos. Algo picante que me llevaba hasta unos campos donde ni siquiera el viento había soplado. Pude escuchar a su osadía susurrándome que pusiera las manos donde no las había puesto nunca. Con los labios pegados a ella, la vi en mi mente acercándose sonriente mientras iba dejando la ropa fuera de mis sueños. Pude notar la textura de su presencia vibrando entre mis sentidos a flor de piel. Su intención acalorada bañándome con una nube de pétalos de rosa amarilla. Podía ver los colores de su alma entregada. Mientras nos besábamos la gente alrededor desapareció como desaparece la luz en la noche o el miedo al superar el reto. Allí solo estábamos ella y yo en el mundo, con los labios pegados y nuestras almas a punto de hacerse el amor sobre una nube dorada que le habíamos robado a un dios mientras dormía. Nuestras bocas se separaron… pero al mirarnos nos dimos cuenta de que nuestras almas seguían revolcándose sobre aquella nube. Un lazo purpura que nos unía sin tocarnos. En realidad era imposible no seguir sintiendo contacto después de aquello. La frialdad de tener que separar nuestros caminos para irnos a casa me estremeció. Pero en medio de aquella sensación gélida repentina, mientras me alejaba de ella, escuché mi nombre saliendo de su boca, me di la vuelta y aquella frase junto con su mirada me devolvieron a la vida…

—Louise… te apetece que quedemos este sábado?

—Vale…— respondí entusiasmado.

—En mi casa…

Y aquello ya hizo que mi alma se fuera agarrada de su mano y la suya me acompañara subida  a la espalda mientras me besaba el cuello apasionada durante todo el camino hasta casa.

Aquella noche no dormí y si lo hice fue pensando en ella. Solo quería que los días se empujaran entre ellos para que pasaran más rápido. El tiempo pesaba el doble. La deliciosa espera de la primera cita de mi vida. Solo veía su mirada ocupando mi pensamiento. Ninguna otra imagen podía disolver la nitidez de aquellos ojos enigmáticos donde mi pasión por ella se veía reflejada. La comisura de sus labios pronunciando mi nombre me llevaba a ella una y otra vez. Sentí el vértigo de lo inesperado. Un miedo endulzado pensando en lo que me esperaba el día señalado. Nervios disfrazados de cosquillas de placer…

LLegó el día y la hora. Creo que llegué volando hasta allí. Ha su bonita urbanización de reconocido nombre en la ciudad. Nos volvimos a mirar de frente, frente a su casa. La expectación brillaba en las pupilas mientras las manos inquietas sabían lo que querían, pero no por donde empezar. Una excitación inaugural que recorría mi intimidad entró dos pasos por delante de mí en su casa. Entramos por el porche. Ella se dio la vuelta. Toqué su cara con la delicadeza de una mariposa entre las manos y la volví a besar. Sin saber que un torbellino de blanca pasión se acercaba por el horizonte. Sentí su pálpito acelerándose en una corriente rosácea de húmeda intensidad. Puse una mano llevada por la curiosidad entre el maravilloso  final de su falda y su media nalga. Ella asintió, consintió sin gestos. Pude sentir la proximidad de mi deseo. Una llama en aumento, creciendo, exigiendo su espacio allá donde estuviéramos. Me cogió de la mano y me llevó hacía su dormitorio mientras me regalaba una sonrisa. Una que no había visto nunca. Sentí una nueva oleada anónima. Una nube erótica de ensueño adoptando forma. Iluminándolo todo bajo el techo de aquel paraíso que había dejado de ser habitación. Volvió a girarse y sin soltarme la mano se tumbó en la cama como quien se acomoda en una nube. Y entonces me miró con una preciosa expresión en los ojos entre abiertos. La mirada de quien intuye cerca el placer. El calor real de su vientre me llevaba hacía ella. Su aroma y el mio se convirtieron en una única esencia. Me acerqué despacio a la figura de su belleza, atraído por su naturaleza como atraen las estrellas al soñador. Cerré los ojos antes de llegar a ella y pude sentir como los dos volábamos por el mismo cielo, atravesando la divinidad, tan cerca uno del otro como lejos de cualquier lugar. La besé y una luz me acarició la cara. Estaba tan dentro de ella que fuera solo quedaban los restos de mi sueño infantil inalcanzado. Abrí los ojos para asegurarme de que no estaba soñando. Quería sentir sus labios. Descubrir los secretos que escondían. De pronto fuego entre los dos, escuche la llamada sin que me lo pidiera, queríamos derretir una interrogante más en aquellas llamaradas inmaduras. Su rostro se iluminó. Presencié los rasgos del deseo incontenible. Su piernas se acoplaron al contorno de mi atracción perfecta sucumbida ante su fémino poder y entonces la toque con la sutileza de un suspiro donde nace la sensibilidad. Vi sus ojos viajar más allá del delirio, mientras ríos de oro y plata enriquecían su cuerpo. Una sangre salvaje empezó a correr por sus venas. Pude oír su rugido a través de su pecho que se llenaba cada vez más y más contorsionándose sin dueño. Sentí sus pechos endureciéndose como un fruto madurando a la inversa en segundos. Todo se lleno de un color rico e inexplicable. Una lluvia de frenesí que rociaba nuestras ánimas de un rojo brillante donde incondicionalmente nos perdíamos cada vez más, hasta encontrarnos los dos solos, allí donde nunca habíamos estado.

Después de intercambiar sensaciones, y sorprendernos juntos recordando los detalles… salí de su casa despidiéndome intentando creerme lo que acababa de vivir. La vida fuera había muerto y era otra la que al respirar el aire de su jardín me recibió. Algo había cambiado o más bien todo se había alterado en una agradable ampliación de mi yo. Los días posteriores todo se sobrealimentaba con la asimilación de lo ocurrido. Con los flashes que disparaba mi mente destapando los recuerdos de aquella tarde… mordiéndose el labio inferior, tumbada en su cama con aquella mirada tan especial, enseñándome su foto favorita mientras la abrazaba por la espalda o apoyada en la barandilla de su terraza mientras me miraba de perfil con glamour y su pose llena de excelencia…

Fue una tarde increíble y ahora que la recuerdo pienso… Cómo olvidar aquella perla de la niñez. Cómo olvidar los detalles de aquel beso… del que todavía no he separado los labios.

 

Por Ander García Martinez

 

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El burro y la zanahoria

Un campesino y su pequeño querubín, contemplaban a la vera del  sembrado como su burrito, tiraba del arado con un palo sobre la cabeza del que colgaba una zanahoria para incitar al animal.

El burro y la zanahoria                                                                                              foto por viventi.es

De pronto, mientras el burrito iba arando el terreno sin perder de vista la zanahoria y el pequeño agarraba la mano curtida de su padre, al zagal, le empezaron a entrar una serie de inquietudes, que como niño por supuesto no tenía la menor intención de callarse.

—¡Papa, papa! ¿El hombre es listo y el burro es tonto?

—Pero hijo, por qué dices eso.

—Porque va detrás de la zanahoria y nunca la va a poder coger.

—No hijo, el burro simplemente persigue la zanahoria porque tiene mucha hambre y le gustan mucho. pero mira…

Entonces el humilde campesino sacó una zanahoria de su capazo de esparto y la lanzó de manera que fue a caer justo delante de las patas del animal. Instintivamente, el burrito paró la marcha, agachó la cabeza y se puso a comer la zanahoria que le había tirado el campesino, olvidando por completo la que colgaba del palo.

—Lo ves hijo, el burrito no es tonto.

Pero la cosa no iba a quedar ahí y las interrogantes del chiquillo empezaron a ocupar todo la campiña dando rienda suelta a su imaginación.

—¡¡Papa, papa!! y entonces… entonces ¿qué pasaría si fuera un hombre? si lo cambiáramos por el burro y le pusiéramos en el palo algo que le gustara mucho y…  y ¡también tuviera mucha hambre! ¿Qué haría entonces papa? ¿¿Qué es lo que haría??

Entonces el Campesino se agachó poniéndose a la altura del niño y en un tono trascendente, ante la mirada deseosa del pequeño, este le dijo;

— ¿Si fuera un hombre con mucha hambre y le pusiéramos colgando del palo algo que le gustara mucho? Mira hijo, si fuera un hombre con mucha hambre y le colgáramos del final del palo un fajo de billetes de los grandes, intentaría coger el dinero desesperadamente, sin darse cuenta de que está pisando un campo lleno de zanahorias.

Por Ander García Martinez

el burro y la zanahoria

 

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Louise 2

Louise 2

Louise siempre dejaba que los demás tuvieran la última palabra. Nunca pedía ni siquiera lo que le correspondía. Cuando otros se aprovechaban de las situaciones el siempre se apartaba para que lo tuvieran mas fácil. Louise era tierno incluso con sus enemigos y les concedía la victoría para que se sintieran satisfechos. Louise siempre decía la verdad aunque esta pudiera jugarle una mala pasada. Louise nunca miraba por si mismo, solo le importaba el placer ajeno.  Pero había un protagonismo que no podía evitar porque con sus actos, todos…

siempre terminaban pensando en Louise. 

Por Ander García Martinez

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“Aire de Jazz”

“Aire de Jazz”

No quiero ser nada… solo hacerte sentir aquello que no se alcanza a entender, enseñarte los nuevos rasgos de un amor que esta por nacer. Escribir con las palabras que desaparecen para dar sentido a la locura de esta búsqueda donde nada se ve. Viajes sin equipaje partiendo de la verdad hacia un paraíso sincero. Mi estrella es la soledad, ella me guía para no confundirme con las demás y tengo que cruzar el universo entero. Allí todo va deprisa, todo va despacio, todo por una sonrisa que desmorona tu palacio. Los periódicos en blanco ya nada es noticia, si se venden y se alquilan las maravillas de Alicia. No tengo sueños de mármol, mis rosas son negras con hojas de cristal y tallos de oro que se iluminan en tu mano, cuando las huelo puedo pisar la alfombra de lo lejano. Nací esquivando la lluvia para enseñarte a no mojarte, enséñame tu lluvia quiero beber y empaparme, mientras corro hacia el infierno perseguido por mi destino, dispuesto a quemarme para sentirte en los labios como el vino, como tu blusa de seda fina, volar como el sonido de un vinilo sobre campos de trigo que te rozan el ombligo. Yo solo soy un condenado a soñar apoyado en la noche. Y me despertare mañana con dos soles en el cielo y una luna que se apaga. Hablando con las farolas que tengan algo que contarme, metiéndome en los espejos para ver lo que ven y deslumbrarme. No por eso vuelo, soy el espacio donde se levita. Me extiendo como pintura fresca que se desliza y se esparce por el lienzo consciente de su idílico cometido y belleza infinita. Un cometido astral coloreando tu mirada llenando el aire de sentido, un astro sin nauta, una libertad estricta, la calma de la prisa, el miedo del valor, lagrimas que se pierden en la brisa, el sueño indomable de amar que siempre seguirá soñando contigo por que amar… es no dejar de soñar… soñar con no ser nada, un instante perdido aire de jazz, solo… para verte brillar una vez mas.

                                                     Por “Ander Garcia Martínez”

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