El origen de “Louise”

El otro día, estaba repasando antiguos archivos en el ordenador y de pronto encontré un trozo de texto entre las carpetas. Era el principio de un libro, de una historia que comencé a escribir hace años, antes de haberme enfrentado a la aventura de mi propia vida… Empecé a leerlo y de pronto descubrí algo que me sorprendió…

1916

     “—¡Bienvenido a caramelos Marshall!… señor. Adelante coja uno… son especiales de la casa— Entonces Mr Doonie después de saborear aquel bombón con aquel ligero gusto en el paladar a whisky de calidad, quizás Escoces, educadamente se metió el papel del envoltorio en el bolsillo de la chaqueta, dio dos pasos al frente, y mientras intentaba retener al máximo aquel dulzor en la boca, la energía que sintió frente a él le hizo quedarse quieto, levanto la mirada, y allí quedó perplejo al divisar tanta belleza en aquel espacio. Era el interior de la edificación más bella y selecta que jamás hubiera imaginado en sus mejores sueños.

—Disculpe…—Preguntó el señor Doonie sin poder apartar la vista de la esquisitez de aquel lugar.

—Dígame señor…

—Me podría indicar dónde se encuentra la biblioteca.

—Claro señor… la encontrará al fondo, cruzando el pasillo principal, después de la sección de sedas Wilson corp.

—¿Sedas?

—Sedas, licores, dulces, de todo lo mejor señor, si me permite la ausencia de modestia. La calidad es nuestra razón de ser… así lo quiso su abuelo que en paz descanse.

El señor Doonie, volvió a meter la mano en el bolsillo y lanzó al aire un doblón de oro macizo brillante, que el mozo cogió al vuelo con gran habilidad.

—¡Gracias señor!

Pero antes de que el señor Doonie abandonara el hall, aquel simpático y sonriente mozo le susurró algo al oído…—Lo que usted está buscando señor, lo encontrará en la galería central de la biblioteca, al final de la estantería de la izquierda…

—¿Cómo sabe que estoy buscando algo?

—Porque lo puedo leer en su mirada señor, y yo me encargo del recuento de ejemplares… “Alfred Doonie” todos sentíamos una gran admiración por su abuelo señor. Sabía que algún día tendríamos el placer de conocerle. Sabíamos que tarde o temprano vendría a buscarlo. Segunda fila, el tercero por la izquierda. Espero disfrute con la visita…

Y con una suave palmada en el rostro de agradecimiento, dejando al mozo a sus espaldas, el señor Doonie se dirigió hacia “La gran biblioteca universal” donde estaba a punto de hacer el descubrimiento de su vida. No era un libro cualquiera. Se trataba de un libro muy especial. El libro que contenía el más rico de los contenidos literarios. La mayor belleza y exactitud con las palabras más maravillosas que se habían escrito. La verdad de todas las verdades, El autentico sentido del “todo”. El sueño convertido en vida y la vida en frases de ensueño. La explicación de todas las dudas. Un mapa para encontrar los tesoros del alma. Escrito en poco más de 1000 páginas. El libro que todos quisimos tener, leer y escribir. Una obra entre las obras que su abuelo dejó años atrás en aquella estantería con el mayor de los cuidados… para él.

El señor Doonie continuó por el gran pasillo hasta llegar a la puerta de la majestuosa biblioteca, llena de detalles señoriales en caoba, mármol blanco y oro. El corazón empezó a acelerar su pálpito y una gota de sudor comenzó a descender por su frente moldeando las curvas de su gesto lleno de intriga e incertidumbre. Con sumo interés encaró el pasillo central de la biblioteca y siguió las recomendaciones del mozo. Encontró el lugar exacto, alzó la vista y allí estaba. Se podía leer claramente en el lomo “Alfred Doonie”. Mr Doonie alzó la mano para llegar a la estantería y con sutileza cogió el manuscrito entre sus manos. Abrió las tapas y pudo leer… “Gran convenio de la cúpula literaria de Milton otorga el reconocimiento a la obra de Alfred J.Doonie, su legado. Bienvenido al viaje de su vida” Entonces el señor Doonie envuelto en su propia expectación se dispuso a pasar la primera página, pero antes de que pudiera ver lo que había escrito, una fuerza desconocida cerró bruscamente las tapas frente a su rostro, sintió un fuerte golpe en el pecho, quedo tumbado en el suelo mientras el libro cayo de sus manos y al tocar el suelo… el libro desapareció dejando un fino polvo diamantino flotando en el aire, que se fue posando chispeante sobre sus zapatos de piel marrón…  ante su mirada atónita.

1884

     Condado de San Peterson…

     —¡Señorito Doonie! ¡señorito Doonie! ¡Despierte! El desayuno está preparado. Café con leche, azúcar con canela y bizcocho de almendras recién horneado. Apresúrese o se le enfriará. Ah  si! se me olvidaba. Le ha llegado una carta certificada, se la dejé encima de la mesa del comedor junto a al tarro del azúcar. Dese prisa señorito o llegará tarde a la universidad!

     El señorito Doonie abandonó la estancia del dormitorio mientras frotándose intentaba aliviar el picor de uno de sus ojos y con la visibilidad borrosa del otro, apreció a su hermana al fondo del pasillo.

     —¡Sebastian! Buenos días por la mañana.

     —Hola Clarise… ¿has dormido bien?—Le preguntó el señorito Doonie en un tono gentil y preocupado.

     —Estupendamente, ayer estuve montando a Doly. Es una yegua sin igual, incomparable. Cruzamos el campo de los Lasten en poco más de quince campanadas! tendrías que animarte un día y disfrutar de su elegancia y su velocidad.

     —Será un placer hermanita. La siguiente vez lo haremos juntos en menos de doce…

     —Pero… cómo va a ser en menos de doce campanadas, nuestro peso sera mayor…

     —Pero nuestra energía, unión y cariño también lo serán y Doly al percibirlo se encargará del resto…

     Sebastian bajó por las escaleras de la villa y mientras se acercaba a la planta principal comenzó a percibir los aromas cálidos de su preciado bizcocho de almendras. Antes de llegar al comedor, junto a la cocina para invitados, El señorito Doonie tuvo otro encuentro matutino (siempre sorpresivo) con su madre; Ana H.Doonie. Una mujer rebosante de amor y ternura que solo mirándole a los ojos, uno podía percibir todos los buenos actos que guardaban su pasado.

     —Sebastian hijo! dale un beso a mama… a que no sabes que he encontrado… las fotos de tu viaje a Dipson Parck. Aquellas que llevabas meses buscando entre los cajones de tu escritorio. A que no sabes dónde han aparecido…

     —¿Dónde mama?

     —En los cajones del escritorio. (Todas las madres tienen algo de arqueólogas, la infinita capacidad de encontrarlo todo. Fascinante…)

     —Gracias mami… te quiero.

     Ya en el salón comedor, cara a cara con uno de los mejores momentos del día donde se mezclan la energía y el dulzor. Sebastian se dispuso a comenzar con su desayuno, a la vez que el sol que entraba por la ventana calentaba su rostro y los rayos resaltaban los aromas vaporosos que llegaban a su nariz. Al coger la cucharilla de plata del azúcar vio el sobre pellizcado bajo el tarro. La curiosidad fue mayor que el afán por incarle el diente a aquel delicioso bizcocho pero al intentar coger la carta, torpemente esta cayó de la mesa y quedó sobre el firme por la cara opuesta. Sebastian se inclinó y al fijarse en ella pudo leer claramente lo que había escrito junto al matasellos; “Correo del gobierno de Fidelson” y al lado… “Envío Urgente”. Sebastian sintió el golpe de su corazón en el pecho, un calor inesperado recorrió sus sienes y para cuando quiso darse cuenta las palmas de sus manos ya habían roto a sudar. Rechazó la idea de buscar su abre cartas malgastando el tiempo y comenzó a abrir el sobre con impaciencia, sacó la carta la extendió sobre la mesa y entonces descubrió su contenido…

     “De Alfred Doonie para Sebastian Doonie”

     Querido nieto…

     Y volviendo a mí, mientras leía el principio de esta historia que escribí hace años, mucho antes del “hoy” donde acabo de terminar mi primera novela “Louise” Al descubrir este texto, aprecié que aunque no tengan nada que ver una con la otra, en ella reside el nacimiento de uno de los personajes principales de “Louise” “El señor Doonie” pero eso no era lo relevante…  Recuerdo que cuando escribí entonces la última frase “Querido nieto…” sentí un silencio dentro de mí que no podía superar. Quería seguir escribiendo pero mis manos dejaron de moverse. Era imposible seguir aquel parón monumental de mi alma que llegó hasta esa frase. Como una linea imposible de cruzar. Lo intenté durante días pero la historia no crecía en mi mente. Me preguntaba porqué no salían las palabras para continuar. Me lo pregunté durante muchísimo tiempo, hasta que hace unos días cuando lo leí, descubrí porque no pude seguir escribiendo.

Me di cuenta de que para escribir un libro… primero hay que vivirlo.

Por Ander García Martinez.

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