El sábado

El Sábado

Cuando era pequeño… más rápido o más lento, antes o después, esperándolo o sin darme cuenta como caído del cielo llegaba el sábado. El sábado no era el nombre de un día de la semana. El sábado eran las siglas de la felicidad. Un sábado que hacía abrir el parasol a los demás días de la semana cegados por la luz que desplegaba cuando asomaba radiante entre los lunes amartesados o los jueves miercolenses planos y sin sal.

Era el día de la semana que me levantaba de la cama satisfecho de ella y deambulaba taciturno con pequeños pasos cómicos, recortados y adormilados por la moqueta de casa, tan inocente y despreocupado como los personajes de Disney que llevaba cosidos en el pecho del pijama. Eran amaneceres de sábado tintineantes que me traían una variedad de cosquilleos cambiantes y diferentes a la tripa, sabiendo que a eso de las 9:30 de la mañana iba a sonar el claxon del Mercedes sl clásico e impoluto color crema de mi abuelo o “aitona” (como en el norte lo llamamos) dispuesto a ofrecernos la oportunidad como cada sábado de conocer una nueva perla. Un nuevo rincón sin igual ya fuera monte, parque o río los cuales por algún oculto encanto merecían la pena ser visitados. Si hacía sol, sesión turística matinal. Si llovía se abortaba la misión. No sonaba el claxon.

Cuantos increíbles largos y enigmáticos paseos por infinidad de senderos parlantes, de orillas sin final, de ruinas de castillos donde todavía quedaba el eco de los últimos espadazos. Cañones viejos y oxidados o pulidos y renovados, todos ellos quietos frente al mar. Algunos envueltos en un aura viva y hostil donde la imagen bélica del retroceso del cañón al detonarse te volvía intacta a través del tiempo hasta sentir que uno mismo podía haber encendido aquella mecha. Otros en cambio guardaban silencio bajo una esencia de noble defensa incrustada a su alrededor. Guardando una esencia desde entonces, desde que fueron disparados. Paradores donde tantos sueños surgieron en las almohadas de las almas que en ellas reposaron. Posadas de cuento. Cotos donde la vista y la imaginación se presenciaban inacotadas. Cimas, todas altas cumbres y dignas fuera cual fuese su tamaño. Pueblos rebosantes de viva solera y peculiar paso en el tiempo. Iglesias de vidrieras fantasmales cuyos dibujos parecían moverse según la luz que les diera. Monumentos simbólicos donde su trascendencia y razón de estar allí te inundaban con una ola de emoción e información produciendo un histórico resalto. Una impresión que removía los cimientos de tu interior. Tabernas sin nombre, acantilados, llanuras, bosques, pinares, lagos, fuentes lejanas y perdidas. Parajes tan bellos y compensados, tan precisos y armónicos que solo la naturaleza los podía haber dibujado así sobre el lienzo de la mismísima realidad. Y allí estaba mi abuelo para enseñárnoslos todos. Cuantos más mejor. Cuantos más, más grueso y placentero recuerdo. Siempre en sábado.

Mi abuelo amaba de tal forma el verde abierto, era tal su dulce dependencia por el que como quién escapa de la muerte o huye de un pasado que se niega a desaparecer, el se dejaba llevar por la magia de los campos que no conocían el horizonte. Siempre aprovechaba la ocasión de “escapar”quizás para olvidarse un poco del duro entorno del oficio que desempeño durante toda su vida en la fábrica de metales, entre virutas de hierro, tornos, herramienta pesada, material punzante y sonidos martilleantes. Lo que más anhelaba después de estar toda la semana respirando polvo de acero encerrado en su puesto, era recoger a sus nietos (a mi hermano y a mí) y ponerse en carretera escapando hacía los múltiples destinos llenos de oxígeno. Al frescor libre y colorido que reside más allá de la ciudad, al aire puro, al colibrí, al manantial, hacía el azul vital donde sopla la brisa recién nacida. Parajes de sonidos acariciantes y delicados que daban una tregua y ablandaban por un instante su rutina semanal.

Le encantaba andar, sentir el gozo del paso, sabedor del placer y la importancia que aporta el ejercicio a todo tu ser. Pero a mí entonces solo me entusiasmaba la idea de descubrir nuevos lugares, la de andar no me agradaba tanto, todavía. Recuerdo que cuando íbamos caminando, mi abuelo se daba la vuelta y me decía:

—Venga, marcha atrás!

Porque yo siempre iba a tres metros por detrás arrastrando el jersey o la cazadora. Podría decirse que iba despistado. Pero no solo era despiste, había algo más. Caminaba por encima del camino y flotaba por dentro del paisaje que veía. Una inexperta pero peculiar y profunda sensibilidad crecía en mi interior. Un sensor desconocido. Un sentido diferente que captaba y leía las señales ocultas que el entorno escondía tras su aparente primera y única capa. Una herramienta para descifrar la invisibilidad y tocar lo que todavía no ha llegado. Un filtro capaz de perforar la realidad para destapar el…

—Venga marcha atrás! Que te quedas sin almuerzo!

Y yo bajando de la nube y frunciendo el ceño respondía;

—Voy, voy! Esperarme!

Siempre que mi abuelo me llamaba (a parte de utilizar el almuerzo como cebo para que adelantara el paso) lo hacía para enseñarme algo interesante. La placa honorifica de alguien que realizó una gran gesta ayudando a los demás. Las ruinas de unos presos que con sus libros escritos allí solucionaron un conflicto centenario o la bandera clavada de un legendario montañero que a pesar de estar vieja y descolorida todavía guardaba una sensación de aventura y pundonor a su alrededor.

Siempre activando el ejercicio y siempre aprendiendo algo nuevo con el. Aunque lo mejor estaba todavía por llegar. La “galleta perruna” o lo que es lo mismo; el merecido descanso y correspondiente avituallamiento después de haber estimulado la mente con hallazgos y las piernas con unos cuantos kilómetros de naturaleza embellecida por el sol. Almuerzo rico y deseado siempre en la despierta media mañana. A veces en algún remoto refugio abandonado y refrescado por la vegetación que se había apoderado de el. Otras bajo un árbol que disfrutaba viéndonos comer bajo la sombra que nos regalaba o en ocasiones sobre la más simple de las rocas improvisadas porque las protagonistas en aquellos momentos eran las jugosas tortillas de patata con el sello de amor que mi abuela “la amoña” había dejado esparcido por las paredes de los ingredientes al hacerlas. (Porque la comida tiene la capacidad como un cuadro o una canción de retener y guardar el amor. Bueno en realidad todo lo tiene. El amor entra en todas partes.) O las sardinas en lata que habrían las manos de mi abuelo con cariño ante mi mirada expectante y que te traían en un suspiro toda la magia salina del mar. Un suspiro que viajaba hasta allí, hasta la tierra verde y frondosa desde donde las degustábamos sobre una rebanada de pan crujiente con aroma a campos de trigo y un aceituno chorro de oliva puro esencia del sol. Todo ello acompañado con un vino, aunque en mi caso (que era un mocordo) una coca-cola. He dicho coca-cola? Mejor con agua fresca y virtuosa o un mostito con su aceituna en palillo y su naranja.

Aunque por supuesto, después de todo, lo verdaderamente importante no eran las historias, los paisajes idílicos o las delicias gastronómicas. Había algo que dejaba todo esto de forma rotunda en un segundo plano… La compañía. Puedo verme allí en aquellas mesas de piedra rodeado de la gente que más quiero y quería. Sonriendo y disfrutando de la nada más rica. Gozando del cariño y la amistad que se posaba agradecida por todos los rincones de aquellos momentos. Instantáneas que quedaron grabadas en el recuerdo y que ahora volaran agarradas de la mano junto con las tuyas. Con las imágenes de las sonrisas de tus abuelos, de tus seres queridos, de las personas que ya no están porque un día se fueron, pero no tan lejos como creemos. Porque nunca olvides que siempre nos quedará esa emoción repentina que brota dentro al recordarles. Esa luz que les devuelve a la vida por un momento y anula la distancia entre nuestros corazones haciendo rozar los latidos.

Esa luz que nos concede el deseo de volver a abrazarles en cualquier instante, en cualquier lugar… siempre, el día menos pensado.

El sábado

 Por Ander García Martinez

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