La consulta

 

Me senté en la sala de espera preocupado. Impaciente por saber cuales eran los resultados de los test y pruebas que me habían realizado. Esperé unos minutos junto a aquellas revistas, en las que se podía apreciar que hacía mucho que nadie acariciaba los cotilleos pasados de fecha que guardaran sus tapas raídas por las manos del tiempo.

—Louise?
—Si…
—Puede pasar. (Me dijo la enfermera en un tono que me brindaba la misma consideración que se le tiene a un numero más perdido en una larga lista) Entré…
—Dr buenos di…
—Siéntese.
—”Gracias”
—Bueno Luis. qué tal te encuentras?
—Perdone… me llamo Louise (Con un ligero toque francés posado sobre la “e”)
—Si, si… está bien, cuénteme…
—Bueno, la verdad es que esperaba hacerle yo esa pregunta. Qué conclusiones han sacado de las pruebas de la semana pasada.
—Digamos que esta conversación forma gran parte del diagnóstico final.

Mientras le empezaba a contar mi estado de ánimo al Dr, este escuchándome, posó su mano derecha extendida con la palma hacia abajo ante mi mirada, dejando ver sin pudor una amarillenta mancha de nicotina en la falange de su dedo índice. Dándome a entender que no escondía su tabaquismo, buscando premeditadamente sentirse avergonzado, haciéndome denotar que buscaba a toda costa un indició para poder empezar a superar su adicción.

Al mismo tiempo que mis labios seguían describiéndome ante la mirada del Dr. a cuatrocientos metros tras la ventana de la consulta, sobre la acera, me percaté de que una mujer incómoda estaba a punto de recibir una visita que no deseaba. A los diez segundos apareció un tipo malhumorado que gesticulaba violentamente ante el rostro de la mujer demostrando con su lenguaje corporal que era incapaz de reconocer que amaba a aquella mujer que se presentaba más carismática. Ella tenía un brillo especial… el no.

Seguimos compartiendo impresiones y a la vez que el Dr. sacaba un pequeño bloc de notas del cajón de su escritorio para tomar apuntes, hice un barrido involuntario a la estantería de su despacho que quedaba detrás de su figura sentada. Por un lado me fijé que sobre las baldas de la estantería había varías fotos en las que aparecía el que podría ser su hijo. Curiosamente en todas las instantáneas el niño aparecía con un balón en lugares todos relacionados con el mundo del fútbol. Pero la mirada del niño se presentaba triste y con el ceño fruncido, como si le hubieran obligado a estar en aquel campo del colegio o aquellas gradas de tercera división. Y por otro lado, el cuadro que enmarcaba su diploma en medicina estaba ligeramente torcido y la capa de polvo sobre el cristal era demasiado considerable, lo que me dio a entender de que había un claro síntoma de que aquel hombre no amaba su profesión y que la que siempre había deseado era la relacionada con el balón que sujetaba su hijo de mala gana en todas aquellas fotos.

El Dr. con sus palabras comenzó a insinuarme de que aquello que me iba a diagnosticar no me iba a gustar en absoluto, pero antes de hacerlo siguió haciéndome preguntas y más preguntas…

Mientras le escuchaba atentamente, entró a la consulta la enfermera ha dejarle unos informes sobre la mesa. Teniéndola de espaldas vi que llevaba la bata arrugada y podía verse una mancha a la altura del muslo por detrás que por la sequedad del contorno debía llevar allí postrada por lo menos más de un mes. Los zuecos estaban algo desgastados y los calcetines desaliñados uno por encima del otro pero curiosamente iba muy bien maquillada y exclusivamente perfumada, lo que dejaba entrever que aquella enfermera no era descuidada sino que estaba siendo arrastrada, contagiada por la desidia de aquel Dr. que claramente estaba perdiendo la ilusión por la vida. Ilusión que ella se negaba a perder del todo.

Cuando la enfermera se retiró, al Dr. se le escapó una mirada indiscreta directa a su trasero en la que se podía leer cierto rencor hacía la juventud de la muchacha y la impotencia al sentir la lejana accesibilidad hacia aquel cuerpo todavía suntuoso.

Silencioso el benedicto del Dr. se iba acercando cada vez más y mientras sus palabras tomaban un tono oscuro en relación a la triste noticia que me esperaba puse inconscientemente mi atención en el Rolex que llevaba en su muñeca izquierda y mientras se frotaba la barbilla pensando en como me iba a decir aquello que fuere, pude fijarme que la aguja del segundero se movía torpe y desacompasada tras la esfera, carente de la suave fluidez que demuestra el segundero de un Rolex auténtico. Por no hablar del cíclope o lente que aumenta la fecha del reloj, el efecto lupa brillaba por su ausencia lo que definitivamente me corroboró toda sospecha de que aquel reloj era falso. También supe que aquel hombre conducía un buen coche que pedía a gritos una renovación por el estado deteriorado de las llaves que estaban encima de la mesa y cuyo símbolo de alta gama ya apenas se podía apreciar del desgaste.

Por fin…

El Dr. después de hacer un último repaso sobre sus notas, levanto la mirada y poniendo una de sus manos sobre las mías en señal de condolencia me dijo:

—No es fácil para mi tener que hacer este diagnóstico pero lamento informarle de que sufre usted de un grave caso de TDAH o síndrome de déficit de atención que influirá negativamente sobre usted de por vida.
—Falta de atención?… Ud creé.

 

La consulta

La consulta

 

Por Ander García Martinez

 

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20 euros

En una de mis múltiples mudanzas, tenía que llevar a mi nuevo domicilio dos cajas muy pesadas con la mayoría de mis objetos personales; libros, cuadernos, etc…

Tenía que llevar las dos cajas enbaladas desde una punta de la ciudad a la otra. En un principio pensé en coger un taxi y gastarme 20 euros pero preferí ahorrarme el dinero y me pareció más adecuado conseguir un carro con ruedas (de esos que usan los transportistas) y cargar yo con las cajas hasta una parada de metro que me acercara a mi nuevo estudio.

Cuando llegué a mi antigua dirección, busqué por los alrededores un comercio o un supermercado en el cual pudiera pedir, este gran invento de la humanidad con ruedas, para no destrozarte la espalda.

Cuando llevaba un tiempo buscando, me fijé en una tienda de esas que venden productos naturales a peso (granos, especias) en la cual disponían de un carro perfecto para solucionar mi problema. Me acerqué y entré en la tienda para ver si me lo podían dejar. Al principio la chica que atendía y la única responsable que se  encontraba tras el mostrador me pareció una persona bastante reservada y poco dispuesta a ceder en nada. Hablé con ella…

—Hola, buenos días. Miré tengo un problema. Me estoy mudando de piso y necesitaría el carro que tienen en la entrada por una hora o así, para llevar las dos últimas dos cajas que me quedan del traslado.

La chica en un principio se mostró distante y me dijo que el carro costaba mucho y que ella no era la dueña de la tienda, que le suponía una gran responsabilidad debido a que lo necesitaban a diario para mover los sacos de producto. Entonces supuse que debía hacer que ella se fiara de mí ya que por supuesto yo no tenía ninguna mala intención. Me dejé de protocolos y la traté de “tu” para no parecer más distante todavía…

—Mira, si te parece mientras me lo llevo, para que veas que soy alguien de fiar te dejo mi carnet de identidad y 20 euros como fianza por hacerme el favor.

Por su mirada de reojo parecía que no estaba del todo convencida pero al final ante mi cara de perro abandonado bajo la lluvia cedió. Cedió, pero no me dijo otra cosa…

—Espero que no le pasa nada al carro y me lo devuelvas en perfecto estado, cuesta más de 100 euros—Me recalcó.

—No te preocupes por nada, te lo devolveré tal y como está…

Cogí el carro, subí a mi antigua dirección y cargue las pesadas cajas en el. Después de tirar calle abajo, todo iba bien hasta que me di cuenta empujando el carro entré el gentío del metro, de que algo estaba empezando a fallar. Sentí que el carro, que en un principio parecía muy robusto, empezó a balancearse y a renquear sospechosamente hasta que me di cuenta… Una de las ruedas se había deshinchado por completo debido al peso que llevaba. Empecé a sudar pensando que las cosas se estaban dando a torcer y a ponerme nervioso entre la multitud apresurada del metro. La idea de tardar demasiado en devolver el carro me comía por dentro. Pensé—bueno cuando deje las cajas en casa, hincho la rueda, se lo devuelvo y listo—

Me costó bastante el mero hecho de llegar a casa sin que la rueda se reventara , sujetando a pulso el carro de lado para que esta no sufriera. Por fin llegue a casa, dejé las cajas y decidí buscar un sitio donde me hincharan la rueda. Ya más desahogado con el carro vacío, me acerqué a un “rent a bike” que había justo al lado de mi nuevo portal.

—Perdona, me podrías hinchar la rueda que se me ha deshinchado?

—Claro! como no…

Hinchamos la rueda pero para mi desgracia a los 10 segundos me di cuenta de que esta volvía a estar igual… pinchada. Empecé a ver la cara de la chica y a acordarme de todo lo que habíamos hablado. Lo único “positivo” era que, cuando salí de la tienda de bicis, me percaté de que la rueda al estar el carro sin peso, tampoco se notaba demasiado que la rueda estaba pinchada…

Antes de llegar a la tienda de la chica, me encontré con un transportista…

—Oiga perdone!

—Dime “macu

—No sabrás donde me pueden arreglar este pinchazo?

—Uuuyyy… estas ruedas de carro pequeñas son muy puñeteras y dudo que te la arreglen en ningún taller.

—Mierda! (con perdón) necesito arreglarla antes de devolver el carro a una tienda donde me lo han dejado y me están esperando!

—Mira yo te puedo decir dónde venden este tipo de ruedas, en…

Pero el sitio estaba muy lejos y no me daba tiempo.

—Vale, gracias!

Llegue a la tienda y pensé—bueno igual no se da cuenta—. Cuando entre en la tienda con el carro entre las manos la chica me sonrió agradecida pensando que volvía con él sano y salvo, y cuando lo coloqué de donde lo había cogido encima ella me dijo;

—Qué tal va? estupendo verdad… es un carro muy majo, a mi me va super bien…

—Bueno… si…

Al principio no dije nada y ella me devolvió los 20 euros y el carnet de identidad que le había dejado como fianza, pero antes de irme y a pesar de que lo había intentado disimular, sentía remordimientos porque aquella chica se había portado bien conmigo. Entonces rectifiqué y le dije;

—Oye mira… para serte sincero, la verdad es que he tenido un problemilla y la rueda de la derecha…

—Ah! no te preocupes… si, ya se, está un poco deshinchada… de vez en cuando la hincho y ya está, tu no te preocupes, te puedes ir tranquilo…

Al ver que ella no le daba importancia al asunto, le dí las gracias a la chica y me fui pensando que quizás, la situación no era tan grabe como pensaba. Pero al salir de la tienda y llevar unos metros recorridos un pensamiento no dejaba de rondarme en la cabeza;

“Si, la rueda le solía dar problemas pero yo no le he dicho la verdad. No le he dicho que la rueda estaba pinchada por mi culpa y tarde o temprano se va a dar cuenta”

Entonces pensé que; qué menos que volver, darle 5 euros para que arreglase el pinchazo y disculparme. Según me acercaba otra vez a la tienda de la chica para quitarme aquel mal sabor de conciencia, vi un bazar chino y me acordé de que tenía que comprar una cuchara de palo para la cocina. Entre…

—Perdone, tiene cucharas de palo?

—Si, al fondo a la “delecha

En los bazares chinos parece que todo está siempre al fondo a la “delecha“… entonces… qué hay en la entrada?

Entre todos los cachivaches encontré las cucharas de palo y de pronto cosas del destino, justo debajo de ellas vi una rueda de carro de repuesto exactamente igual que la que había pinchado. Me dije; esto es una señal… y las señales no se dan muy a menudo.

—Señora, cuánto vale la rueda?

—Rueda y “cuchala” 20 “eulo

Volví corriendo a la tienda de la chica, ya no podía seguir sintiéndome mal. Entre…

—Hola guapa!

—Hombre! cómo tu por aquí otra vez?

—Pues mira… sabes que pasa, que antes no te he dicho toda la verdad, porque con el peso de mis cajas la rueda se ha pinchado.

—Ah! bueno… no te preocupes, solo es un carro, ya lo arreglará mi jefe…

—Bueno, pues solo será un carro pero yo te he traído la rueda.

—No te puedo creer que te hayas molestado…

—No ha sido ninguna molestia, a sido todo un placer.

Y la chica me dio dos besos emocionada mientras sentí al mirarnos que se nos iluminaba la mirada…

En resumen; ayudé a aquella chica en cierta forma, porque aquella vieja rueda que tenía no iba a tardar en darle problemas, lleve mis cajas, me llevé dos besos muy especiales y una vez más me di cuenta de que;

Sentir el alma libre y respirar el aire del bien… no tiene precio.

 

Por Ander García Martinez

 

20 euros

 

 

 

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El trapecista

Hace mucho tiempo, a las afueras de un pueblecito Húngaro, daba a luz un pequeño retoño bajo la bendición de su madre en el camastro de una pequeña caravana de circo. Una tarde anaranjada por el “hasta mañana” del sol en la cual dentro de aquel diminuto remolque, acababa de nacer una estrella. Alguien a quien llamarían “Izan el Húngaro”.

Entre fines de semana memorables en los que Darda (su padre) hacía levantarse de los asientos al público, bajo aquella enorme carpa de característicos rojo y blanco que se podían ver desde cualquier lejanía, Izan desde su carrito de bebé, no se perdía ningún detalle mientras su padre en las alturas desafiaba a la gravedad llenando el aire de vértigo. Mientras veía arriba como el que iba a ser su mejor maestro, entre nubes de magnesio y las cuerdas trenzadas del trapecio, este rozaba lo imposible.

Darda siempre intento influenciar de la mejor manera posible a su pequeño. Lo primero que hizo en cuanto Izan supero la lactancia fue coger la vieja tele que tenían en la caravana y con una expresión en la mirada de “hacia años que estaba deseando hacer esto” la tiró por la ventana, haciéndola pedazos contra un motor abandonado que había frente a la  roulotte. No quería nada que hiciera perder el tiempo a su futuro sucesor porque el podía sentir que dentro de Izan algo especial cada vez se estaba haciendo más grande. A cambió llenó la pequeña habitación con libros ilustrados y posters con los mejores trapecistas del mundo para que el venidero primogénito mamara del biberón adecuado. Imágenes de pinito del oro balanceándose en el trapecio volante sobre una silla. Fotos de Miss María de Jerez de la frontera o una instantánea de el mismísimo Burt Lancaster que antes de su carrera como actor, comenzó enfrentándose a las alturas en un circo. Pero a la representación que Darda dio más importancia fue a la del Mexicano Alfredo Codona y puso un desplegable gigante de el, justo en frente de la cuna. Una imagen épica donde salía realizando su famoso (primero en completarlo) triple salto mortal.

Izan siguió creciendo y cuando el tiempo le permitió tener un cuerpo suficiente, pronto empezó a despuntar en aquel arte circense, realizando saltos a 10 metros de altura y ganándole pequeñas batallas a la gravedad que iban acompañadas de los consejos y el esfuerzo incondicional por llegar lejos de su padre.

Una noche en la que el tiempo también había alargado la cuna de Izan convirtiéndola en una cama, frente a la imagen perpetua de Alfredo Codona y su triple salto mortal, Izan tras sus parpados cerrados tuvo un sueño… uno muy especial…

—Podía ver mis pies sobre el palo pintado en espiral del trapecio y el vacío bajo ellos. Mi cuerpo se balanceaba cada vez más penduloso mientras mi figura hacia dibujos en el aire sobre el lienzo de una niebla espesa. En frente entre la niebla aparecieron dos manos blancas suspendidas que parecían esperar allí para que yo culminara. Cuanto más pasaba el tiempo pensando si sería capaz, indeciso, más alto me veía. Todo estaba sucediendo en el cielo y la enorme carpa del circo se veía bajo mis pies muy pequeña, tanto como la chapa de un refresco. Pero tenía que hacerlo. Era mi gran salto. De pronto el público sentado en el aire que me rodeaba se encendió poniéndose en pie y empezaron a lanzar al aire bengalas y serpentinas entre luces y vítores. Todos aplaudían a la vez en un compás creciente que acercaba la sensación de lo insólito.

—¡Y aquí tenemos al gran Izan de Hungría! más conocido como “Izan el Húngaro”! no se lo pierdan señores! Compren sus algodones de azúcar y sus piruletas de colores por que están a punto de presenciar su espectacular gran salto! el que nadie ha sido capaz de ejecutar todavía!—

—Me sujete fuerte a las cuerdas y me fijé en la distancia hasta las manos blancas que salían de la niebla. Dos manos blancas que suponían la gloria. Empecé a respirar fuerte tanto que la respiración sonaba a mi alrededor. Todo flotaba menos yo como si fuera al único que le afectara el peso del aire. Solo colgábamos yo y mi trapecio, podía sentirlo en todo el cuerpo al balancearme. Abajo, un abismo con una enorme boca de payaso en el fondo. El publico empezó a impacientarse con los ojos fuera de si rozando el abucheo y entonces cogí mi último impulso y me lancé al aire… 1… 2… 3…  mortales en el aire, 3 y medio y… lo que nunca antes nadie había logrado estaba a punto de suceder pero cuando miré hacía aquellas manos blancas! ya no estaban! habían desaparecido! Noooooo!!

—Izan! Izan cariño despierta? estas bien? estas empapado. Venga, vete vistiéndote que hay que ir a entrenar.

Izan se sentó sobre la cama y supo al instante que era lo que quería. Cuál era su meta, su objetivo. Su sueño, y no iba a parar hasta conseguirlo.

Los músculos ya cubrían el cuerpo de Izan y sus números y actuaciones cada vez eran mejores. Parecía que su momento se acercaba pero el destino no se lo iba a poner fácil.  Una tarde, su padre entre bastidores le dio la noticia.

—Hijo, a partir de ahora tendrás que seguir el camino tu solo. Lo dejo.

—Pero papa! qué voy hacer sin ti! tu eres mi talisman, mi maestro, mi mentor, mi padre…

—Lo se hijo. De todas formas no te preocupes. Después de tantos años, aunque no suba más ahí arriba contigo yo siempre estaré aquí abajo apoyándote.

—Esta bien papa pero prométeme que nunca te alejaras demasiado.

—Te lo prometo.

Al poco tiempo Izan se había hecho con todo el protagonismo en su nueva solitaria carrera. Las gradas del circo se llenaban tres días por semana para ver volar al gran “Izan el Húngaro” su nombre empezó a salir en todos los periódicos. —Acérquense para contemplar al gran genio del trapecio “Izan de Hungría”!— Algunos dicen que el apodo se lo pusieron porque en toda Hungría ningún otro artista desprendía la armonía y la nobleza que desprendían sus movimientos en lo más alto de aquellas cúpulas ambulantes. Su espíritu nómada se iba haciendo un hueco ante la exigente expectación de un público sediento de emociones. Un publico que saltaba de sus asientos tirándose el refresco por encima cuando Izan ejecutaba su salto estrella. El triple salto mortal, el mismo salto de quién durante tantos años fue su ídolo de infancia. Pero Izan quería más. Izan quería alcanzar su sueño.

Entonces un día mientras la familia cenaba reunida en la caravana, Izan le contó a su padre sus intenciones y este se enojo al escuchar  la osadía del joven malabar.

-Cuatro mortales en el aire!! pero Izan, eso es imposible!! nadie lo ha logrado en toda la historia. Sabes que yo confío en ti. Que siempre te he apoyado en tu carrera pero creo que todo esto es una locura!!

-Yo quiero intentarlo papa, lo he soñado!

—Lo has soñado?? pero que tontería es esa!! yo ayer soñé que volaba por encima de una montaña y ya me ves, aquí pegando carteles y dándole de comer a los monos y te recuerdo que soy el dueño de todo esto! así que no me vengas con…

—Papa!, solo te pido que confíes en mi!…

Pero cuando Izan más necesitaba de su padre, este se fue alejando poco a poco cada vez más del mundo circense hasta acabar las noches enteras bebiendo whisky en el bar del pueblo y poniendo por las nubes en alabanzas a su hijo ante cualquier desconocido que llegaba a aquella barra. Había noches que incluso acababa hablando solo, contándole los momentos álgidos de su carrera a un fluorescente de neón verde que parpadeaba colgado del botellero del bar.

Pasadas unas semanas, una tarde en la que los domadores ensayaban con sus felinos y los payasos se colocaban sus narices y graciosas pajaritas en los camerinos, Izan en lo más alto de la cúpula se dispuso a ensayar su gran salto. Justo antes del intento apareció Darda por un lateral de la pista y se sentó discretamente como si no quisiera molestar en un asiento de la grada vacía. Izan se empezó a balancear en el aire y su compañera hacía lo propio frente a el esperándole con los brazos y el alma puesta en aquel momento pero cada vez que Izan estaba a punto de lograr su objetivo su padre se levantaba del asiento sumamente preocupado diciendo.

-Cuidado Izan, cuidado!!… más grados, más grados!! déjate llevar por el bamboleo del trapecio, no aprietes las manos al agarrar las cuerdas!!

… Algo no estaba funcionando. Dos, tres mortales y medio y… justo en el momento que lo iba a conseguir…

-Cuidado hijo cuidado!!… tienes que esforzarte más!! Fíjate en las manos de tu compañera desde el principio! tienes que darte mas talco, el que llevas no es suficiente!!

Y así fue sucediendo un ensayo tras otro, cada vez que Izan estaba a punto de lograrlo su padre no soportaba la tensión y desde las mejores intenciones como siempre las tuvo hacia su hijo sin darse cuenta rompía la concentración del joven acróbata, hasta que llego el gran día señalado. Un día en el calendario circense en el que Izan había anunciado su gran salto en cartel y todavía no había sido capaz de completarlo ni una sola vez.

—Bienvenidos damas y caballeros, acérquense y ocupen sus asientos. Esta noche podremos ver al gran “Izan de hungría” y su salto imposible!! cuatro mortales en el aire, lo nunca visto!! Están a punto de contemplar el espectáculo del siglo!! No se lo pierdan!!

Entonces Izan comenzó a subir por la estrecha escalera mientras el público hacía sus ultimas compras en la tienda de chuches y caramelos ocupando los asientos expectantes pensando en lo que podía suceder. El circo estaba lleno, las gradas a rebosar. Izan saludo desde las alturas al entregado público de forma sincera y respetuosa y mientras sonaban redobles de tambor y el público ya completamente encendido y en pié daba palmas para animar al joven trapecista. Este ante un silencio sepulcral que se hizo de repente empezó a balancearse. Justo en ese momento entró el padre de Izan y se sentó en la primera fila mirando hacía arriba sin perder detalle. Izan se dio cuenta de su presencia. Se santiguo sobre el trapecio con la mirada clavada en las manos de su compañera. Cogió todo el impulso que pudo y después de columpiarse repetidas veces Izan se lanzo al aire soltando las cuerdas mientras al público se le escapaba una exclamación que se pudo oir desde el pueblo. Izan, sujetándose las rodillas y con un exquisito estilo daba vueltas por los aires en cámara lenta y la gente en la tribuna con la boca abierta seguía con los ojos desorbitados el gran salto. 1… 2… 3… tres y medio y… cuatro saltos mortales! La primera vez en la historia que alguien lo conseguía!

Izan bajó la escalera ante una impresionante ovación y nada más llegar abajo se dirigió directamente hacia su padre diciéndole;

—Gracias papa! sin ti nunca lo hubiera conseguido, jamás lo hubiera logrado!

Y su padre abrazándole todavía con lagrimas en los ojos, ordenó que volvieran a colocar la red de seguridad bajo el trapecio.

Por Ander García Martinez

El trapecista

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El burro y la zanahoria

Un campesino y su pequeño querubín, contemplaban a la vera del  sembrado como su burrito, tiraba del arado con un palo sobre la cabeza del que colgaba una zanahoria para incitar al animal.

El burro y la zanahoria                                                                                              foto por viventi.es

De pronto, mientras el burrito iba arando el terreno sin perder de vista la zanahoria y el pequeño agarraba la mano curtida de su padre, al zagal, le empezaron a entrar una serie de inquietudes, que como niño por supuesto no tenía la menor intención de callarse.

—Papa, papa! el hombre es listo y el burro es tonto?

—Pero hijo, porqué dices eso?

—Porque va detrás de la zanahoria y nunca la va a poder coger.

—No hijo, el burro simplemente persigue la zanahoria porque tiene mucha hambre y le gustan mucho. pero mira…

Entonces el humilde campesino sacó una zanahoria de su capazo de esparto y la lanzó de manera que fue a caer justo delante de las patas del animal. Instintivamente, el burrito paró la marcha, agachó la cabeza y se puso a comer la zanahoria que le había tirado el campesino, olvidando por completo la que colgaba del palo.

—Lo ves hijo, el burrito no es tonto.

Pero la cosa no iba a quedar ahí y las interrogantes del chiquillo empezaron a ocupar todo la campiña dando rienda suelta a su imaginación.

—Papa, papa!! y entonces… entonces qué pasaría si fuera un hombre? si lo cambiáramos por el burro y le pusiéramos en el palo algo que le gustara mucho y…  y también tuviera mucha hambre! Qué haría entonces papa? Qué es lo que haría??

Entonces el Campesino se agachó poniéndose a la altura del niño y en un tono trascendente ante la mirada deseosa del pequeño, este le dijo;

— Si fuera un hombre con mucha hambre y le pusiéramos colgando del palo algo que le gustara mucho? Mira hijo, si fuera un hombre con mucha hambre y le colgáramos del final del palo un fajo de billetes de los grandes, intentaría coger el dinero desesperadamente, sin darse cuenta de que está pisando un campo lleno de zanahorias.

Por Ander García Martinez

el burro y la zanahoria

 

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