Dhalia

Espero que algún día, lo que hace que estas lineas surjan pague mis facturas, pero hasta entonces…

Estaba trabajando en la tienda. Una modesta boutique llena de encanto (de esas que se niegan a ser engullidas por las grandes superficies) cubriendo mi puesto de trabajo cara al público, cuando de pronto, escuché una voz a mis espaldas en un tono agradable y extranjero.

—Hola,  buenas tardes.

Me giré, y me di cuenta de que antes de hacerlo, algo en el aire ya nos había unido.

—Buenas tardes señorita—Contesté todavía intentando averiguar, qué era aquello que me acababa de rozar el alma.

Mientras le atendía, sintiéndome cada vez más cerca de ella, pude denotar que aparte de las compras que realizó, aquellas prendas eran lo menos relevante en aquel encuentro. Nos dirigimos a la caja para el correspondiente cobro y cuando levanté la mirada para decirle el importe sus ojos me cautivaron al instante. Era una mirada enigmática llena de paz y humanidad (de esas que cada vez se ven menos, sobre todo en las grandes ciudades) limpia como un diamante o el agua por dentro. Una mirada que al verla, encendió algo mágico y extraordinario a nuestro alrededor convirtiendo en un segundo mi lugar de trabajo, en un lugar nuevo, sorprendente y desconocido. Podía sentir su alma pura y bella a través de sus pupilas sinceras. Una conexión que me enseñó directamente las puertas de su corazón.

Todavía con el pecho lleno de campanillas, cuando fui capaz de mediar palabra…

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo Dhalia.

Y lo siguiente que dijo, me confirmó lo que yo estaba sintiendo. Con una expresión de que ella también estaba sorprendida de las palabras que estaban a punto de salir de su boca y como si se lo estuviera preguntando, dejó la frase en el aire…

—Los encuentros siempre suceden por algo, verdad.

En aquel momento, comprendí que el destino había movido sus hilos por algo, por algo que ni me imaginaba.

—¿De dónde eres?—Le pregunté mientras seguía disfrutando de su presencia.

—Soy de California.

Y antes de hacerle más preguntas, me acordé de algo que siempre intento no olvidar; <Cuando ves una estrella pasar cerca de ti, nunca la dejes escapar y abraza su luz> fui al grano.

—¿Te gustaría que quedáramos un día de estos para dar una vuelta?

—Sí, me encantaría…

Sin dejar escapar aquella oportunidad, le apunté mi teléfono en el ticket de compra y se lo insinué con una sonrisa cómplice, mientras metía el ticket en la bolsa. Despidiéndose simpática, ella salió de la tienda, pero su belleza interior y exterior se quedó flotando delante de mí frente al mostrador, y mientras contemplaba aquella su esencia, todavía lleno de mariposas y con cara de alelado, me vino mi jefe y me dijo:

—¿Le habrás pedido el teléfono?

—No, le he apuntado el mío en el ticket y se lo he metido en la bolsa.

Y él, que a parte de amigo y gran persona, como experto en la materia de la galantería añadió exaltado;

—Pero, cómo no le has cogido el suyo. Recuerda que ella es <La mujer> y tu solo un hombre. Nunca pongas a una dama en la tesitura incomoda de de tener que llamarte ella. Somos nosotros los que debemos dar el paso… siempre. Qué clase de caballero estás hecho.

Al escucharle, sin pensármelo, salí de la tienda corriendo, miré hacia los lados pero ya no la vi. Menos mal que el destino se había encargado de que no se alejara mucho y estaba en el comercio de al lado, le di mi teléfono y aseguré nuestra próxima cita. Y ya, más tranquilo, me volví a la tienda mientras mis compañeras me miraban expectantes, con esa sensación de que ni Dhalia ni yo, jamás podríamos haber evitado aquel encuentro. Aquel encuentro… que guardaba un gran secreto.

Al día siguiente…

Me senté en la sala de espera de la recepción de su hotel. Puntual como siempre (Nunca sabes si la oportunidad de tu vida se cansó “aquel día” de esperarte). Se abrieron las puertas del ascensor y allí apareció ante mis ojos con su mirada angelical y su lindo cuerpecito coqueto lleno de vitalidad, vestida en diferentes tonos azules, mi color preferido.

Nos fuimos a caminar por los lugares que más me han influenciado de Barcelona, y mientras yo me empapaba de lo que su alma guardaba y compartíamos nuestra situación en la vida, sin saber por qué, de pronto sentí una inmensa responsabilidad de transmitirle toda la información que residía en mi interior. Todo, hasta lo más profundo. Compartimos creencias, historias, anécdotas, filosofía, sueños y espiritualidad. Era una chica muy culta y sensible, antes que sus palabras me lo decían sus ojos. La llevé al Arco del Triunfo, un lugar que siempre me inspira positivamente y mientras disfrutábamos de su estructura, contemplando sus ángeles tallados en lo alto, su discurso se volvió triste y sentí un dolor en su alma. Alertado por ello, nos sentamos en un banco y le pedí que me contara lo que le pasaba, para ver si le podía dar algún consejo, a la vez que yo con su testimonio aclaraba mis dudas personales. Me habló de una situación difícil. De una habitación oscura dentro de su alma en la que al fondo veía una pequeña llamita imperceptible, pero que no sabía cómo llegar hasta ella…

—Tú eres escritor ¿verdad?

Y le contesté…

—Sí, yo escribo… (Prefiero decir que escribo, ya que uno es más lo que hace, que lo que dice ser)

Y ella me dijo con una mirada plena de un deseo incontenible:

—Pues yo necesito escribir un libro y no se cómo hacerlo, no he escrito nunca…

Resulta que Dhalia, venía de buscar influencias por todo el mundo. Había estado en Chile, en Israel, en Francia y en muchos más lugares y en ellos siempre se había encontrado con escritores sin buscarlos (cuando uno persigue algo en la vida, la vida te lo acerca), y terminó solo sabe dios cómo, intuyendo aquella faceta en mí, y por eso estábamos los dos sentados en aquel banco sincerándonos el uno al otro.

Cuando tuve claro lo que necesitaba, y como el tiempo era un tanto desapacible, la invité a tomar algo caliente en una cafetería que teníamos al lado. Durante una hora, mediante la palabra, un bolígrafo y papel, intenté efusiva y de forma innata transmitirle todo aquello que la experiencia me había aportado en lo que llevo pulsando teclas y respirando. Las formas de cómo empecé. Los pensamientos que me llevaron a buenos puertos. Las tablas para ordenar lo que quieres contar. Los inconvenientes que se podía encontrar y como superarlos. Los croquis de las tácticas que me llevaron a resolver problemas que veía imposibles. Cualquier teoría que la pudiera acercar a su deseo. Todo lo que mi mente recordara que la pudiera ayudar. Mientras lo hacía, de vez en cuando le daba la mano para darle energía al mismo tiempo. Sentí que todo lo que le pudiera ofrecer nunca sería suficiente.

Y después de compartir toda la mañana juntos y de disfrutar de aquel maravilloso encuentro, llegué a la conclusión de que; Dhalia era una mujer excelente, mística y especial. Con una dulzura que te bañaba por completo, luchadora, viajando sola por el mundo en busca de su verdad. Con un deseo en la mirada que superaba cualquier límite. Un afán por encontrar aquello que le faltaba, por saber cómo podía dejar su experiencia plasmada entre las páginas llevada por un impulso incontenible. Sin esperar nada de nadie y dando todo a cambio. Acompañada de una fortaleza y una fe que sin duda le hará seguir adelante y salir de cualquier problema, porque lo que más me sorprendió fue que durante todo el encuentro, no perdió ni un instante la sonrisa, a pesar de confesarme que tenía un cáncer.

P. D: El siguiente café, leeremos juntos el principio de tu libro.

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Por Ander García Martinez.

 

 

 

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KING KONG

Estamos muchos, muchos amigos cercanos, hacia los que siento una gran amistad. Corremos de un lado para otro sin control por los pasillos y salones de una mansión, a las afueras de la ciudad. Una casona rodeada de interminables y floridos prados oscurecidos por una luz tenue en el cielo. El caos está presente en cada centímetro cuadrado del aire que respiramos. Una sensación tremenda y espeluznante se acerca por algún lado que desconocemos. Me cruzo con caras de miedo y angustia, y yo tampoco sé qué hacer. Un estruendo atronador se siente cada vez más próximo, acercándose desde la lejanía; pisadas monstruosas que hacen retumbar el suelo, mientras las vajillas, lámparas y jarrones caen al suelo estallando en nubes de cristal y porcelana. La gente sigue corriendo despavorida hacia ninguna parte. Las pisadas cada vez son más fuertes y un aura aterradora empieza a dibujar un aire espeso irrespirable. Algunos atemorizados se esconden en los huecos que encuentran, otros no saben qué hacer y piden ayuda a gritos que no se oyen, sin saber a dónde ir. El suelo empieza a temblar y a distorsionarse. Siento una gigantesca presencia a mi espalda y miro por el ventanal…  una especie de primate de 20 metros de altura embrutecido, con la mirada endemoniada, ruge brutal y enfurecido arrancando los arboles que tiene cerca. Percibo en su mirada que sabe perfectamente donde estoy y empieza a arrasar el espacio que hay entre los dos, destrozándolo todo. Bajo las escaleras de la mansión muerto de miedo y salgo por la puerta principal al exterior. La luz del cielo es más extraña todavía. Miro hacia atrás y me persigue con su paso demoledor, enorme, como un edificio que se ha encaprichado de mí. Intentando despistarle, giro en una esquina de ladrillos teja de la villa y paso por en medio de un jardín de infancia. Salto la verja que me lleva a el prado inmenso. Sigo corriendo aterrorizado por la ruda presencia que ya casi me alcanza, el aire es denso, difícil de atravesar. Vuelvo a mirar hacía atrás y tengo a la bestia encima, o algo similar. Sus pisadas llegan a mí, ya está, no hay escapatoria y, completamente con aquella sensación maléfica y voluminosa sobre mi cabeza, siento como su enorme y rugosa planta me aplasta el cuerpo. Oigo el crujido de los huesos al partirse. Destrozado, en el suelo, todavía soy capaz de escuchar cómo las monstruosas pisadas se alejan de mí… y me vuelve a pisar.

La mansión es gigante, fría y oscura, lujosa, pero deteriorada por algo maligno que la corrompe. Algunos me sujetan de los hombros reclamándome una salida. Una salida que no existe. Miro por el ventanal y abajo, otros se quitan la vida, incapaces de soportar lo que se les viene encima. La gente en estampida tropieza intentando llegar a ninguna parte. Algunos salen de los huecos donde estaban encaramados, sabiendo que nada les podrá librar del horrible final. De pronto siento un descomunal estruendo que viene hacia nosotros. La fuerza de las pisadas que se acercan hacen que revienten los cristales del ventanal. Se que es mi último día, algo en el aire turbio me lo certifica. La gente chilla imaginándose la boca hambrienta de la bestia frente a ellos, sintiendo como los colmillos desgarran sus carnes humanas. El caos se acerca y va creciendo según lo hace. Algunos se arrodillan llorando sin esperanza. De pronto miro por el ventanal y la bestia se acerca arrasando todo a su paso. El contraste de su tamaño con una posible realidad me hace retroceder. Me alejo del ventanal. Aterrado bajo las escaleras de la mansión de tres en tres, tropiezo y caigo, me corto en las palmas con los cristales rotos que hay en el suelo, me levanto y corro hacia la salida intentando escapar de allí. Cruzo el portón de la casa y de pronto un silencio angelical, estoy solo, ya no hay nadie, una paz recién duchada reina sobre la hierba. Los pájaros felices se posan sobre el columpio a cámara lenta, las mariposas, moviendo las alas despacio alegran la estampa con su colorido. Algo cromático y pleno. Todo se vuelve calma absoluta. Con el pecho lleno de placer, sigo andando por el césped del jardín y siento que después de la esquina que tengo frente a mí, hay algo esperándome. Doblo la esquina y me encuentro en el jardín de infancia, irradiado por la luz, a un precioso bebé de gorila que solo quiere jugar conmigo. Se me echa encima cariñoso, siento el amor en sus brazos. Había pagado mi deuda.

 

Por Ander García Martinez.

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Lagrimas de oro

 

—Louise… ¿Por qué no viniste a la cena?
—Porque estaba mal…
—Pero ya sabes que los amigos están para lo bueno y para lo malo.
—Ya… pero a mi solo me gusta reírme con mis amigos, compartir lo bueno. 
Las lágrimas me las guardo para sacar provecho de ellas.

 

Por Ander García Martinez

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La gran pérdida

Iba en el metro, pensando y sin pensar a la vez. De pronto, en una de las paradas se abrieron las puertas y entró un músico callejero. Al mirarle, su energía me rozó y no me gusto nada lo que llego a tocarme, pensé… ¡Joder! otro “ladrón del silencio” a punto de infectar el aire con su desastrosa actuación. Otro de esos que a secuestrado a la música a punta de pistola, para que vaya tendiendo la mano en su nombre, pidiendo una limosna…

Afinó el amplificador, probó el micrófono y, de pronto empezó a salir de su alma una magia tan pura que ni siquiera le hacían falta alas para volar. El aire se llenó de un aura resplandeciente que era imposible evitar. Empecé a sentirme atraído y mostré mi debilidad hacía aquella sensación sin tapujos, aunque el vagón estuviera lleno. Yo fui el primero en girar el cuello hacía aquella figura, que sujetaba el micrófono en la mano, de la que emanaba algo que  hacía que te olvidaras incluso de quién eras, y luego me siguió otro, y otro, y otro más… hasta que todos los que estábamos allí miramos irremediablemente a lo que salía de lo más profundo de aquel músico, al que por supuesto, no le hacían falta conservatorio, títulos ni etiquetas.

En un instante, envueltos en medio de aquella bonita niebla, una joven de unos dieciséis años se me puso delante y tonto de mí, dejé de disfrutar de aquel espectáculo espontáneo fijándome en ella. Estaba grabando al músico con su precioso  móvil de dudosa generación, pero, lo que me indignó era que ni siquiera miraba a la pantalla mientras lo hacía. Miraba al techo completamente ausente del acto, como si lo único que le importara fuera a quien le iba a enviar aquel vídeo nada más terminar la grabación.

Mientras todos (menos nosotros dos) disfrutaban de aquella función iluminada, en aquel mismo instante, me acerqué a ella por detrás educada y silenciosamente, le toqué en el brazo, ella me miró, y señalándole al músico le dije:

—Te lo estás perdiendo.

Lo peor de todo fue que, su mirada me dijo que ni siquiera se había dado cuenta de ello. Me retiré como un fantasma para que se olvidara de mi presencia y acto seguido la joven, inconscientemente, se metió el móvil en el bolsillo, se quedó mirando fijamente al músico  y pude sentir de forma nítida como se emocionaba, como formaba parte al unísono de aquella erizante sensación con los demás presentes, volando muy lejos de allí a un lugar maravilloso, el cual no podía permitir que se perdiera.

 

Por Ander García Martinez.

La gran pérdida

 

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