Oiga doctor

Me dolía mucho la cabeza, o eso creía. Soy extremadamente hipocondríaco, de esos que piensan que cuando te duele algo hay que ir llamando a la funeraría. Eran unos pinchazos en el cuero cabelludo como latigazos eléctricos. Pensé;  “un tumor… vete diciendo adiós a la gente”. Llamé para pedir hora a mi médico…

—Si… para coger hora por favor…

Me dieron cita para siete días más tarde.

A la semana me di cuenta de que ya no me dolía nada, se me había pasado el dolor y decidí llamar para anular la cita…

—Buenas… señorita quería anular la cita de hoy con mi doctor.

—Pero si usted no tiene cita para hoy.

Resulta que se me había pasado la fecha… habían pasado 8 días. Entonces me lo volví a pensar y le dije;

—Bueno… entonces ya que estoy deme cita de nuevo por favor.

—Está bien, para dentro de 4 días le viene bien?

—Si, perfecto gracias…

No entendía porqué había vuelto ha pedir cita si ya no me dolía nada…

Llegó el día de la cita, que era a las 8:30 de la mañana y a las 7:00 me había puesto el despertador. Sonó… Volví a pensar que  para que iba a ir al médico si seguía sin dolerme nada, pero por otra parte la idea de volver a fallar en la lista de pacientes del día me corroía por dentro. Sobre todo, porque mi médico es una persona sumamente agradable. Me levanté de la cama, me desperecé y fui hasta mi ambulatorio.

—Louise… pasa por favor.

—Buen día doctor.

—Bueno… tu dirás. Qué es lo que te duele?

     …Y entonces me di cuenta de que a veces simplemente… necesitamos hablar con alguien.

Oiga doctor

Por Ander García Martinez

 

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El trapecista

Hace mucho tiempo, a las afueras de un pueblecito Húngaro, daba a luz un pequeño retoño bajo la bendición de su madre en el camastro de una pequeña caravana de circo. Una tarde anaranjada por el “hasta mañana” del sol en la cual dentro de aquel diminuto remolque, acababa de nacer una estrella. Alguien a quien llamarían “Izan el Húngaro”.

Entre fines de semana memorables en los que Darda (su padre) hacía levantarse de los asientos al público, bajo aquella enorme carpa de característicos rojo y blanco que se podían ver desde cualquier lejanía, Izan desde su carrito de bebé, no se perdía ningún detalle mientras su padre en las alturas desafiaba a la gravedad llenando el aire de vértigo. Mientras veía arriba como el que iba a ser su mejor maestro, entre nubes de magnesio y las cuerdas trenzadas del trapecio, este rozaba lo imposible.

Darda siempre intento influenciar de la mejor manera posible a su pequeño. Lo primero que hizo en cuanto Izan supero la lactancia fue coger la vieja tele que tenían en la caravana y con una expresión en la mirada de “hacia años que estaba deseando hacer esto” la tiró por la ventana, haciéndola pedazos contra un motor abandonado que había frente a la  roulotte. No quería nada que hiciera perder el tiempo a su futuro sucesor porque el podía sentir que dentro de Izan algo especial cada vez se estaba haciendo más grande. A cambió llenó la pequeña habitación con libros ilustrados y posters con los mejores trapecistas del mundo para que el venidero primogénito mamara del biberón adecuado. Imágenes de pinito del oro balanceándose en el trapecio volante sobre una silla. Fotos de Miss María de Jerez de la frontera o una instantánea de el mismísimo Burt Lancaster que antes de su carrera como actor, comenzó enfrentándose a las alturas en un circo. Pero a la representación que Darda dio más importancia fue a la del Mexicano Alfredo Codona y puso un desplegable gigante de el, justo en frente de la cuna. Una imagen épica donde salía realizando su famoso (primero en completarlo) triple salto mortal.

Izan siguió creciendo y cuando el tiempo le permitió tener un cuerpo suficiente, pronto empezó a despuntar en aquel arte circense, realizando saltos a 10 metros de altura y ganándole pequeñas batallas a la gravedad que iban acompañadas de los consejos y el esfuerzo incondicional por llegar lejos de su padre.

Una noche en la que el tiempo también había alargado la cuna de Izan convirtiéndola en una cama, frente a la imagen perpetua de Alfredo Codona y su triple salto mortal, Izan tras sus parpados cerrados tuvo un sueño… uno muy especial…

—Podía ver mis pies sobre el palo pintado en espiral del trapecio y el vacío bajo ellos. Mi cuerpo se balanceaba cada vez más penduloso mientras mi figura hacia dibujos en el aire sobre el lienzo de una niebla espesa. En frente entre la niebla aparecieron dos manos blancas suspendidas que parecían esperar allí para que yo culminara. Cuanto más pasaba el tiempo pensando si sería capaz, indeciso, más alto me veía. Todo estaba sucediendo en el cielo y la enorme carpa del circo se veía bajo mis pies muy pequeña, tanto como la chapa de un refresco. Pero tenía que hacerlo. Era mi gran salto. De pronto el público sentado en el aire que me rodeaba se encendió poniéndose en pie y empezaron a lanzar al aire bengalas y serpentinas entre luces y vítores. Todos aplaudían a la vez en un compás creciente que acercaba la sensación de lo insólito.

—¡Y aquí tenemos al gran Izan de Hungría! más conocido como “Izan el Húngaro”! no se lo pierdan señores! Compren sus algodones de azúcar y sus piruletas de colores por que están a punto de presenciar su espectacular gran salto! el que nadie ha sido capaz de ejecutar todavía!—

—Me sujete fuerte a las cuerdas y me fijé en la distancia hasta las manos blancas que salían de la niebla. Dos manos blancas que suponían la gloria. Empecé a respirar fuerte tanto que la respiración sonaba a mi alrededor. Todo flotaba menos yo como si fuera al único que le afectara el peso del aire. Solo colgábamos yo y mi trapecio, podía sentirlo en todo el cuerpo al balancearme. Abajo, un abismo con una enorme boca de payaso en el fondo. El publico empezó a impacientarse con los ojos fuera de si rozando el abucheo y entonces cogí mi último impulso y me lancé al aire… 1… 2… 3…  mortales en el aire, 3 y medio y… lo que nunca antes nadie había logrado estaba a punto de suceder pero cuando miré hacía aquellas manos blancas! ya no estaban! habían desaparecido! Noooooo!!

—Izan! Izan cariño despierta? estas bien? estas empapado. Venga, vete vistiéndote que hay que ir a entrenar.

Izan se sentó sobre la cama y supo al instante que era lo que quería. Cuál era su meta, su objetivo. Su sueño, y no iba a parar hasta conseguirlo.

Los músculos ya cubrían el cuerpo de Izan y sus números y actuaciones cada vez eran mejores. Parecía que su momento se acercaba pero el destino no se lo iba a poner fácil.  Una tarde, su padre entre bastidores le dio la noticia.

—Hijo, a partir de ahora tendrás que seguir el camino tu solo. Lo dejo.

—Pero papa! qué voy hacer sin ti! tu eres mi talisman, mi maestro, mi mentor, mi padre…

—Lo se hijo. De todas formas no te preocupes. Después de tantos años, aunque no suba más ahí arriba contigo yo siempre estaré aquí abajo apoyándote.

—Esta bien papa pero prométeme que nunca te alejaras demasiado.

—Te lo prometo.

Al poco tiempo Izan se había hecho con todo el protagonismo en su nueva solitaria carrera. Las gradas del circo se llenaban tres días por semana para ver volar al gran “Izan el Húngaro” su nombre empezó a salir en todos los periódicos. —Acérquense para contemplar al gran genio del trapecio “Izan de Hungría”!— Algunos dicen que el apodo se lo pusieron porque en toda Hungría ningún otro artista desprendía la armonía y la nobleza que desprendían sus movimientos en lo más alto de aquellas cúpulas ambulantes. Su espíritu nómada se iba haciendo un hueco ante la exigente expectación de un público sediento de emociones. Un publico que saltaba de sus asientos tirándose el refresco por encima cuando Izan ejecutaba su salto estrella. El triple salto mortal, el mismo salto de quién durante tantos años fue su ídolo de infancia. Pero Izan quería más. Izan quería alcanzar su sueño.

Entonces un día mientras la familia cenaba reunida en la caravana, Izan le contó a su padre sus intenciones y este se enojo al escuchar  la osadía del joven malabar.

-Cuatro mortales en el aire!! pero Izan, eso es imposible!! nadie lo ha logrado en toda la historia. Sabes que yo confío en ti. Que siempre te he apoyado en tu carrera pero creo que todo esto es una locura!!

-Yo quiero intentarlo papa, lo he soñado!

—Lo has soñado?? pero que tontería es esa!! yo ayer soñé que volaba por encima de una montaña y ya me ves, aquí pegando carteles y dándole de comer a los monos y te recuerdo que soy el dueño de todo esto! así que no me vengas con…

—Papa!, solo te pido que confíes en mi!…

Pero cuando Izan más necesitaba de su padre, este se fue alejando poco a poco cada vez más del mundo circense hasta acabar las noches enteras bebiendo whisky en el bar del pueblo y poniendo por las nubes en alabanzas a su hijo ante cualquier desconocido que llegaba a aquella barra. Había noches que incluso acababa hablando solo, contándole los momentos álgidos de su carrera a un fluorescente de neón verde que parpadeaba colgado del botellero del bar.

Pasadas unas semanas, una tarde en la que los domadores ensayaban con sus felinos y los payasos se colocaban sus narices y graciosas pajaritas en los camerinos, Izan en lo más alto de la cúpula se dispuso a ensayar su gran salto. Justo antes del intento apareció Darda por un lateral de la pista y se sentó discretamente como si no quisiera molestar en un asiento de la grada vacía. Izan se empezó a balancear en el aire y su compañera hacía lo propio frente a el esperándole con los brazos y el alma puesta en aquel momento pero cada vez que Izan estaba a punto de lograr su objetivo su padre se levantaba del asiento sumamente preocupado diciendo.

-Cuidado Izan, cuidado!!… más grados, más grados!! déjate llevar por el bamboleo del trapecio, no aprietes las manos al agarrar las cuerdas!!

… Algo no estaba funcionando. Dos, tres mortales y medio y… justo en el momento que lo iba a conseguir…

-Cuidado hijo cuidado!!… tienes que esforzarte más!! Fíjate en las manos de tu compañera desde el principio! tienes que darte mas talco, el que llevas no es suficiente!!

Y así fue sucediendo un ensayo tras otro, cada vez que Izan estaba a punto de lograrlo su padre no soportaba la tensión y desde las mejores intenciones como siempre las tuvo hacia su hijo sin darse cuenta rompía la concentración del joven acróbata, hasta que llego el gran día señalado. Un día en el calendario circense en el que Izan había anunciado su gran salto en cartel y todavía no había sido capaz de completarlo ni una sola vez.

—Bienvenidos damas y caballeros, acérquense y ocupen sus asientos. Esta noche podremos ver al gran “Izan de hungría” y su salto imposible!! cuatro mortales en el aire, lo nunca visto!! Están a punto de contemplar el espectáculo del siglo!! No se lo pierdan!!

Entonces Izan comenzó a subir por la estrecha escalera mientras el público hacía sus ultimas compras en la tienda de chuches y caramelos ocupando los asientos expectantes pensando en lo que podía suceder. El circo estaba lleno, las gradas a rebosar. Izan saludo desde las alturas al entregado público de forma sincera y respetuosa y mientras sonaban redobles de tambor y el público ya completamente encendido y en pié daba palmas para animar al joven trapecista. Este ante un silencio sepulcral que se hizo de repente empezó a balancearse. Justo en ese momento entró el padre de Izan y se sentó en la primera fila mirando hacía arriba sin perder detalle. Izan se dio cuenta de su presencia. Se santiguo sobre el trapecio con la mirada clavada en las manos de su compañera. Cogió todo el impulso que pudo y después de columpiarse repetidas veces Izan se lanzo al aire soltando las cuerdas mientras al público se le escapaba una exclamación que se pudo oir desde el pueblo. Izan, sujetándose las rodillas y con un exquisito estilo daba vueltas por los aires en cámara lenta y la gente en la tribuna con la boca abierta seguía con los ojos desorbitados el gran salto. 1… 2… 3… tres y medio y… cuatro saltos mortales! La primera vez en la historia que alguien lo conseguía!

Izan bajó la escalera ante una impresionante ovación y nada más llegar abajo se dirigió directamente hacia su padre diciéndole;

—Gracias papa! sin ti nunca lo hubiera conseguido, jamás lo hubiera logrado!

Y su padre abrazándole todavía con lagrimas en los ojos, ordenó que volvieran a colocar la red de seguridad bajo el trapecio.

Por Ander García Martinez

El trapecista

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El sábado

El Sábado

Cuando era pequeño… más rápido o más lento, antes o después, esperándolo o sin darme cuenta como caído del cielo llegaba el sábado. El sábado no era el nombre de un día de la semana. El sábado eran las siglas de la felicidad. Un sábado que hacía abrir el parasol a los demás días de la semana cegados por la luz que desplegaba cuando asomaba radiante entre los lunes amartesados o los jueves miercolenses planos y sin sal.

Era el día de la semana que me levantaba de la cama satisfecho de ella y deambulaba taciturno con pequeños pasos cómicos, recortados y adormilados por la moqueta de casa, tan inocente y despreocupado como los personajes de Disney que llevaba cosidos en el pecho del pijama. Eran amaneceres de sábado tintineantes que me traían una variedad de cosquilleos cambiantes y diferentes a la tripa, sabiendo que a eso de las 9:30 de la mañana iba a sonar el claxon del Mercedes sl clásico e impoluto color crema de mi abuelo o “aitona” (como en el norte lo llamamos) dispuesto a ofrecernos la oportunidad como cada sábado de conocer una nueva perla. Un nuevo rincón sin igual ya fuera monte, parque o río los cuales por algún oculto encanto merecían la pena ser visitados. Si hacía sol, sesión turística matinal. Si llovía se abortaba la misión. No sonaba el claxon.

Cuantos increíbles largos y enigmáticos paseos por infinidad de senderos parlantes, de orillas sin final, de ruinas de castillos donde todavía quedaba el eco de los últimos espadazos. Cañones viejos y oxidados o pulidos y renovados, todos ellos quietos frente al mar. Algunos envueltos en un aura viva y hostil donde la imagen bélica del retroceso del cañón al detonarse te volvía intacta a través del tiempo hasta sentir que uno mismo podía haber encendido aquella mecha. Otros en cambio guardaban silencio bajo una esencia de noble defensa incrustada a su alrededor. Guardando una esencia desde entonces, desde que fueron disparados. Paradores donde tantos sueños surgieron en las almohadas de las almas que en ellas reposaron. Posadas de cuento. Cotos donde la vista y la imaginación se presenciaban inacotadas. Cimas, todas altas cumbres y dignas fuera cual fuese su tamaño. Pueblos rebosantes de viva solera y peculiar paso en el tiempo. Iglesias de vidrieras fantasmales cuyos dibujos parecían moverse según la luz que les diera. Monumentos simbólicos donde su trascendencia y razón de estar allí te inundaban con una ola de emoción e información produciendo un histórico resalto. Una impresión que removía los cimientos de tu interior. Tabernas sin nombre, acantilados, llanuras, bosques, pinares, lagos, fuentes lejanas y perdidas. Parajes tan bellos y compensados, tan precisos y armónicos que solo la naturaleza los podía haber dibujado así sobre el lienzo de la mismísima realidad. Y allí estaba mi abuelo para enseñárnoslos todos. Cuantos más mejor. Cuantos más, más grueso y placentero recuerdo. Siempre en sábado.

Mi abuelo amaba de tal forma el verde abierto, era tal su dulce dependencia por el que como quién escapa de la muerte o huye de un pasado que se niega a desaparecer, el se dejaba llevar por la magia de los campos que no conocían el horizonte. Siempre aprovechaba la ocasión de “escapar”quizás para olvidarse un poco del duro entorno del oficio que desempeño durante toda su vida en la fábrica de metales, entre virutas de hierro, tornos, herramienta pesada, material punzante y sonidos martilleantes. Lo que más anhelaba después de estar toda la semana respirando polvo de acero encerrado en su puesto, era recoger a sus nietos (a mi hermano y a mí) y ponerse en carretera escapando hacía los múltiples destinos llenos de oxígeno. Al frescor libre y colorido que reside más allá de la ciudad, al aire puro, al colibrí, al manantial, hacía el azul vital donde sopla la brisa recién nacida. Parajes de sonidos acariciantes y delicados que daban una tregua y ablandaban por un instante su rutina semanal.

Le encantaba andar, sentir el gozo del paso, sabedor del placer y la importancia que aporta el ejercicio a todo tu ser. Pero a mí entonces solo me entusiasmaba la idea de descubrir nuevos lugares, la de andar no me agradaba tanto, todavía. Recuerdo que cuando íbamos caminando, mi abuelo se daba la vuelta y me decía:

—Venga, marcha atrás!

Porque yo siempre iba a tres metros por detrás arrastrando el jersey o la cazadora. Podría decirse que iba despistado. Pero no solo era despiste, había algo más. Caminaba por encima del camino y flotaba por dentro del paisaje que veía. Una inexperta pero peculiar y profunda sensibilidad crecía en mi interior. Un sensor desconocido. Un sentido diferente que captaba y leía las señales ocultas que el entorno escondía tras su aparente primera y única capa. Una herramienta para descifrar la invisibilidad y tocar lo que todavía no ha llegado. Un filtro capaz de perforar la realidad para destapar el…

—Venga marcha atrás! Que te quedas sin almuerzo!

Y yo bajando de la nube y frunciendo el ceño respondía;

—Voy, voy! Esperarme!

Siempre que mi abuelo me llamaba (a parte de utilizar el almuerzo como cebo para que adelantara el paso) lo hacía para enseñarme algo interesante. La placa honorifica de alguien que realizó una gran gesta ayudando a los demás. Las ruinas de unos presos que con sus libros escritos allí solucionaron un conflicto centenario o la bandera clavada de un legendario montañero que a pesar de estar vieja y descolorida todavía guardaba una sensación de aventura y pundonor a su alrededor.

Siempre activando el ejercicio y siempre aprendiendo algo nuevo con el. Aunque lo mejor estaba todavía por llegar. La “galleta perruna” o lo que es lo mismo; el merecido descanso y correspondiente avituallamiento después de haber estimulado la mente con hallazgos y las piernas con unos cuantos kilómetros de naturaleza embellecida por el sol. Almuerzo rico y deseado siempre en la despierta media mañana. A veces en algún remoto refugio abandonado y refrescado por la vegetación que se había apoderado de el. Otras bajo un árbol que disfrutaba viéndonos comer bajo la sombra que nos regalaba o en ocasiones sobre la más simple de las rocas improvisadas porque las protagonistas en aquellos momentos eran las jugosas tortillas de patata con el sello de amor que mi abuela “la amoña” había dejado esparcido por las paredes de los ingredientes al hacerlas. (Porque la comida tiene la capacidad como un cuadro o una canción de retener y guardar el amor. Bueno en realidad todo lo tiene. El amor entra en todas partes.) O las sardinas en lata que habrían las manos de mi abuelo con cariño ante mi mirada expectante y que te traían en un suspiro toda la magia salina del mar. Un suspiro que viajaba hasta allí, hasta la tierra verde y frondosa desde donde las degustábamos sobre una rebanada de pan crujiente con aroma a campos de trigo y un aceituno chorro de oliva puro esencia del sol. Todo ello acompañado con un vino, aunque en mi caso (que era un mocordo) una coca-cola. He dicho coca-cola? Mejor con agua fresca y virtuosa o un mostito con su aceituna en palillo y su naranja.

Aunque por supuesto, después de todo, lo verdaderamente importante no eran las historias, los paisajes idílicos o las delicias gastronómicas. Había algo que dejaba todo esto de forma rotunda en un segundo plano… La compañía. Puedo verme allí en aquellas mesas de piedra rodeado de la gente que más quiero y quería. Sonriendo y disfrutando de la nada más rica. Gozando del cariño y la amistad que se posaba agradecida por todos los rincones de aquellos momentos. Instantáneas que quedaron grabadas en el recuerdo y que ahora volaran agarradas de la mano junto con las tuyas. Con las imágenes de las sonrisas de tus abuelos, de tus seres queridos, de las personas que ya no están porque un día se fueron, pero no tan lejos como creemos. Porque nunca olvides que siempre nos quedará esa emoción repentina que brota dentro al recordarles. Esa luz que les devuelve a la vida por un momento y anula la distancia entre nuestros corazones haciendo rozar los latidos.

Esa luz que nos concede el deseo de volver a abrazarles en cualquier instante, en cualquier lugar… siempre, el día menos pensado.

El sábado

 Por Ander García Martinez

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