Mi primer beso chispas

Mi primer beso fue forzado y extrapremeditado. Algo ensayado he insípido. Con lo que después del fiasco, cualquier beso iba a resultar verdadero. Fue el primer ejemplo recibido de que cuando se busca una acción desesperadamente, esta responde con una sensación deficiente, a medida de la obsesión que hallamos puesto en ella. Jamás había visto antes a aquella niña con la que no conecté desde el momento que la vi por primera vez. No sentí atracción ninguna. No por que no la hubiera, sino porque yo la maté antes de que nos envolviera o pudiera hacerlo. Todo por mi descontrolado y brusco deseo de contar en mi haber con la reina suprema de los actos entre dos… el beso.

Beso hubo (o quiso serlo) pero irreal, como un payaso con la cara lavada, los pájaros que no cantan, la manzana que no cae por su propio peso o una tónica sin limón templada. Cierto es que muy guapa no era, pero más fea fue mi intención egocéntrica de pensar que podría robarle la sinceridad a unos labios que nada tenían que ver conmigo. Un gesto fallido por intentar en vano manipular lo que fuere dentro del mundo de lo emocional y lo sentimental. Una acción muda e inútil como la de un cazador que intenta cazar una presa sin esperar. La prisa acabó con todo antes de que llegara…

Pero cuando me calmé, me olvidé de mí y me dejé llevar… el verdadero llamamiento de mi deseo se apoderó del aire y entonces apareció ella con sus labios de niña disfrazados de mujer.

Hasta el día que conocí a Judith siempre me sentí extraño como una belleza incapaz de mirarse al espejo. Como si siempre o a menudo me sintiera fuera de lugar incluso estando en el lugar apropiado. Ella hizo que empezara a confiar en mí por primera vez y a conocerme un poco más contagiado por su valentía. Todo en ella era pura y espontánea seducción. Salía por si sola de todos sus gestos, de los intencionados y de los que no lo eran. De sus pequitas, de sus andares insinuantes que sobrevolaban por encima de su naturalidad porque toda ella era así. Recuerdo cómo me miraba con aquella provocación pícara y prematura mientras masticaba chicle de clorofila. Una mirada que te invitaba a cruzar con ella las lineas eróticas que hubieras alcanzado. Más bien con 12 años no había cruzado muchas, más bien ninguna, más bien venía de tropezar en la primera que fui a cruzar. Aquella mirada me proponía lo impensable para mi entonces. La oportunidad de quitarme cualquier antifaz que llevara por miedo a probar algo nuevo y desconocido. Aquella colorada seducción infantil que brotaba de sus mejillas era capaz de llevar a un “amor” pedante a los prostíbulos 24h del infierno más lejano y en llamas que puedas imaginar. Aquella aureola que emanaba no era rojo corazón, era caramelo de fresa resbalando por el pecho. Cómo olvidar aquel uniforme del colegio ingles, con aquel suéter azul marino, que por las formas dejaba adivinar los jóvenes pechos que no llevarían más de dos o tres floridas estaciones ocupando su espacio. Cómo olvidar el volcán que escondían aquellas trenzas con lazos de Gales a juego con la falda. Desde la primera vez que nos vimos en el parque, los dos sentimos mutuamente que no nos íbamos a conformar con nada que no superara lo vivido hasta el momento. Yo por mi parte iba a cruzar esa línea sí o sí… y entonces, uno de aquellos días en los que los columpios a mi alrededor empezaron a diluirse, llegó el magnetismo que rompe cualquier barrera, se me acercó jugueteando con una de sus trenzas, me miró fijamente y vi la luz…

Ni siquiera fue a escondidas. Fue en medio de todos los demás niños que con sus miradas atónitas no hicieron más que encender al máximo el calor hirviente de aquel instante. Una atmósfera sensual y rebelde empezó a llenarlo todo a nuestro alrededor. Un gesto entre labios que le gritaba al viento que estábamos allí disfrutando el uno del otro muy lejos de la vergüenza y la timidez. Sentí su alma a través de su boca. Un ánima atrevida y pícara vestida de encaje que iba dejando un reguero de rosas que me conducían a una nueva estancia y me indicaban los placeres ocultos que allí me esperaban. Al contacto de sus labios sentí su carácter encendido en imágenes, a la vez que este dibujaba en mí su forma de ser. Sentí un valor y una curiosidad incalculable en sus besos. Algo picante que me llevaba hasta unos campos donde ni siquiera el viento había soplado. Pude escuchar a su osadía susurrándome que pusiera las manos donde no las había puesto nunca. Con los labios pegados a ella, la vi en mi mente acercándose sonriente mientras iba dejando la ropa fuera de mis sueños. Pude notar la textura de su presencia vibrando entre mis sentidos a flor de piel. Su intención acalorada bañándome con una nube de pétalos de rosa amarilla. Podía ver los colores de su alma entregada. Mientras nos besábamos, la gente alrededor desapareció como desaparece la luz en la noche o el miedo al superar el reto. Allí solo estábamos ella y yo en el mundo, con los labios pegados y nuestras almas a punto de hacerse el amor sobre una nube dorada que le habíamos robado a un dios mientras dormía. Nuestras bocas se separaron… pero al mirarnos nos dimos cuenta de que nuestras almas seguían revolcándose sobre aquella nube. Un lazo purpura que nos unía sin tocarnos. En realidad era imposible no seguir sintiendo contacto después de aquello. La frialdad de tener que separar nuestros caminos para irnos a casa me estremeció. Pero en medio de aquella sensación gélida repentina, mientras me alejaba de ella, escuché mi nombre saliendo de su boca, me di la vuelta y aquella frase junto con su mirada me devolvieron a la vida…

—Louise… ¿te apetece que quedemos este sábado?

—Vale…—Respondí entusiasmado.

—En mi casa…

Y aquello ya hizo que mi alma se fuera agarrada de su mano y la suya me acompañara subida  a la espalda mientras me besaba el cuello apasionada durante todo el camino hasta casa.

Aquella noche no dormí y si lo hice fue pensando en ella. Solo quería que los días se empujaran entre ellos para que pasaran más rápido. El tiempo pesaba el doble. La deliciosa espera de la primera cita de mi vida. Solo veía su mirada ocupando mi pensamiento. Ninguna otra imagen podía disolver la nitidez de aquellos ojos enigmáticos donde mi pasión por ella se veía reflejada. La comisura de sus labios pronunciando mi nombre me llevaba a ella una y otra vez. Sentí el vértigo de lo inesperado. Un miedo endulzado pensando en lo que me esperaba el día señalado. Nervios disfrazados de cosquillas de placer…

LLegó el día y la hora. Creo que llegué volando hasta allí. Ha su bonita urbanización de reconocido nombre en la ciudad. Nos volvimos a mirar de frente, frente a su casa. La expectación brillaba en las pupilas mientras las manos inquietas sabían lo que querían, pero no por dónde empezar. Una excitación inaugural que recorría mi intimidad entró dos pasos por delante de mí en su casa. Entramos por el porche. Ella se dio la vuelta. Toqué su cara con la delicadeza de una mariposa entre las manos y la volví a besar. Sin saber que un torbellino de blanca pasión se acercaba por el horizonte. Sentí su pálpito acelerándose en una corriente rosácea de húmeda intensidad. Puse una mano llevada por la curiosidad entre el maravilloso  final de su falda y su media nalga. Ella asintió, consintió sin gestos. Pude sentir la proximidad de mi deseo. Una llama en aumento, creciendo, exigiendo su espacio allá donde estuviéramos. Me cogió de la mano y me llevó hacía su dormitorio mientras me regalaba una sonrisa. Una que no había visto nunca. Sentí una nueva oleada anónima. Una nube erótica de ensueño adoptando forma. Iluminándolo todo bajo el techo de aquel paraíso que había dejado de ser habitación. Volvió a girarse y sin soltarme la mano se tumbó en la cama como quien se acomoda en una nube. Y entonces me miró con una preciosa expresión en los ojos entreabiertos. La mirada de quien intuye cerca el placer. El calor real de su vientre me llevaba hacía ella. Su aroma y el mio se convirtieron en una única esencia. Me acerqué despacio a la figura de su belleza, atraído por su naturaleza como atraen las estrellas al soñador. Cerré los ojos antes de llegar a ella y pude sentir como los dos volábamos por el mismo cielo, atravesando la divinidad, tan cerca el uno del otro como lejos de cualquier lugar. La besé y una luz me acarició la cara. Estaba tan dentro de ella que fuera solo quedaban los restos de mi sueño infantil inalcanzado. Abrí los ojos para asegurarme de que no estaba soñando. Quería sentir sus labios. Descubrir los secretos que escondían. De pronto fuego entre los dos, escuché la llamada sin que me lo pidiera. Queríamos derretir una interrogante más en aquellas llamaradas inmaduras. Su rostro se iluminó. Presencié los rasgos del deseo incontenible. Su piernas se acoplaron al contorno de mi atracción perfecta sucumbida ante su fémino poder y entonces la toque con la sutileza de un suspiro donde nace la sensibilidad. Vi sus ojos viajar más allá del delirio, mientras ríos de oro y plata enriquecían su cuerpo. Una sangre salvaje empezó a correr por sus venas. Pude oír su rugido a través de su pecho que se llenaba cada vez más y más contorsionándose sin dueño. Sentí sus pechos endureciéndose como un fruto madurando a la inversa en segundos. Todo se llenó de un color rico e inexplicable. Una lluvia de frenesí que rociaba nuestras ánimas de un rojo brillante donde incondicionalmente nos perdíamos cada vez más, hasta encontrarnos los dos solos, allí donde nunca habíamos estado.

Después de intercambiar sensaciones, y sorprendernos juntos recordando los detalles, salí de su casa despidiéndome intentando creerme lo que acababa de vivir. La vida afuera había muerto y era otra la que al respirar el aire de su jardín me recibió. Algo había cambiado o más bien todo se había alterado en una agradable ampliación de mi yo. Los días posteriores todo se sobrealimentaba con la asimilación de lo ocurrido. Con los flashes que disparaba mi mente destapando los recuerdos de aquella tarde… mordiéndose el labio inferior, tumbada en su cama con aquella mirada tan especial. Enseñándome su foto favorita mientras la abrazaba por la espalda o apoyada en la barandilla de su terraza mientras me miraba de perfil con glamour y su pose llena de excelencia…

Fue una tarde increíble y ahora que la recuerdo pienso… Cómo olvidar aquella perla de la niñez. Cómo olvidar los detalles de aquel beso, del que todavía no he separado los labios.

 

Por Ander García Martinez

 

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Dhalia

Espero que algún día, lo que hace que estas lineas surjan pague mis facturas, pero hasta entonces…

Estaba trabajando en la tienda. Una modesta boutique llena de encanto (de esas que se niegan a ser engullidas por las grandes superficies) cubriendo mi puesto de trabajo cara al público, cuando de pronto, escuché una voz a mis espaldas en un tono agradable y extranjero.

—Hola,  buenas tardes.

Me giré, y me di cuenta de que antes de hacerlo, algo en el aire ya nos había unido.

—Buenas tardes señorita—Contesté todavía intentando averiguar, qué era aquello que me acababa de rozar el alma.

Mientras le atendía, sintiéndome cada vez más cerca de ella, pude denotar que aparte de las compras que realizó, aquellas prendas eran lo menos relevante en aquel encuentro. Nos dirigimos a la caja para el correspondiente cobro y cuando levanté la mirada para decirle el importe sus ojos me cautivaron al instante. Era una mirada enigmática llena de paz y humanidad (de esas que cada vez se ven menos, sobre todo en las grandes ciudades) limpia como un diamante o el agua por dentro. Una mirada que al verla, encendió algo mágico y extraordinario a nuestro alrededor convirtiendo en un segundo mi lugar de trabajo, en un lugar nuevo, sorprendente y desconocido. Podía sentir su alma pura y bella a través de sus pupilas sinceras. Una conexión que me enseñó directamente las puertas de su corazón.

Todavía con el pecho lleno de campanillas, cuando fui capaz de mediar palabra…

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo Dhalia.

Y lo siguiente que dijo, me confirmó lo que yo estaba sintiendo. Con una expresión de que ella también estaba sorprendida de las palabras que estaban a punto de salir de su boca y como si se lo estuviera preguntando, dejó la frase en el aire…

—Los encuentros siempre suceden por algo, verdad.

En aquel momento, comprendí que el destino había movido sus hilos por algo, por algo que ni me imaginaba.

—¿De dónde eres?—Le pregunté mientras seguía disfrutando de su presencia.

—Soy de California.

Y antes de hacerle más preguntas, me acordé de algo que siempre intento no olvidar; <Cuando ves una estrella pasar cerca de ti, nunca la dejes escapar y abraza su luz> fui al grano.

—¿Te gustaría que quedáramos un día de estos para dar una vuelta?

—Sí, me encantaría…

Sin dejar escapar aquella oportunidad, le apunté mi teléfono en el ticket de compra y se lo insinué con una sonrisa cómplice, mientras metía el ticket en la bolsa. Despidiéndose simpática, ella salió de la tienda, pero su belleza interior y exterior se quedó flotando delante de mí frente al mostrador, y mientras contemplaba aquella su esencia, todavía lleno de mariposas y con cara de alelado, me vino mi jefe y me dijo:

—¿Le habrás pedido el teléfono?

—No, le he apuntado el mío en el ticket y se lo he metido en la bolsa.

Y él, que a parte de amigo y gran persona, como experto en la materia de la galantería añadió exaltado;

—Pero, cómo no le has cogido el suyo. Recuerda que ella es <La mujer> y tu solo un hombre. Nunca pongas a una dama en la tesitura incomoda de de tener que llamarte ella. Somos nosotros los que debemos dar el paso… siempre. Qué clase de caballero estás hecho.

Al escucharle, sin pensármelo, salí de la tienda corriendo, miré hacia los lados pero ya no la vi. Menos mal que el destino se había encargado de que no se alejara mucho y estaba en el comercio de al lado, le di mi teléfono y aseguré nuestra próxima cita. Y ya, más tranquilo, me volví a la tienda mientras mis compañeras me miraban expectantes, con esa sensación de que ni Dhalia ni yo, jamás podríamos haber evitado aquel encuentro. Aquel encuentro… que guardaba un gran secreto.

Al día siguiente…

Me senté en la sala de espera de la recepción de su hotel. Puntual como siempre (Nunca sabes si la oportunidad de tu vida se cansó “aquel día” de esperarte). Se abrieron las puertas del ascensor y allí apareció ante mis ojos con su mirada angelical y su lindo cuerpecito coqueto lleno de vitalidad, vestida en diferentes tonos azules, mi color preferido.

Nos fuimos a caminar por los lugares que más me han influenciado de Barcelona, y mientras yo me empapaba de lo que su alma guardaba y compartíamos nuestra situación en la vida, sin saber por qué, de pronto sentí una inmensa responsabilidad de transmitirle toda la información que residía en mi interior. Todo, hasta lo más profundo. Compartimos creencias, historias, anécdotas, filosofía, sueños y espiritualidad. Era una chica muy culta y sensible, antes que sus palabras me lo decían sus ojos. La llevé al Arco del Triunfo, un lugar que siempre me inspira positivamente y mientras disfrutábamos de su estructura, contemplando sus ángeles tallados en lo alto, su discurso se volvió triste y sentí un dolor en su alma. Alertado por ello, nos sentamos en un banco y le pedí que me contara lo que le pasaba, para ver si le podía dar algún consejo, a la vez que yo con su testimonio aclaraba mis dudas personales. Me habló de una situación difícil. De una habitación oscura dentro de su alma en la que al fondo veía una pequeña llamita imperceptible, pero que no sabía cómo llegar hasta ella…

—Tú eres escritor ¿verdad?

Y le contesté…

—Sí, yo escribo… (Prefiero decir que escribo, ya que uno es más lo que hace, que lo que dice ser)

Y ella me dijo con una mirada plena de un deseo incontenible:

—Pues yo necesito escribir un libro y no se cómo hacerlo, no he escrito nunca…

Resulta que Dhalia, venía de buscar influencias por todo el mundo. Había estado en Chile, en Israel, en Francia y en muchos más lugares y en ellos siempre se había encontrado con escritores sin buscarlos (cuando uno persigue algo en la vida, la vida te lo acerca), y terminó solo sabe dios cómo, intuyendo aquella faceta en mí, y por eso estábamos los dos sentados en aquel banco sincerándonos el uno al otro.

Cuando tuve claro lo que necesitaba, y como el tiempo era un tanto desapacible, la invité a tomar algo caliente en una cafetería que teníamos al lado. Durante una hora, mediante la palabra, un bolígrafo y papel, intenté efusiva y de forma innata transmitirle todo aquello que la experiencia me había aportado en lo que llevo pulsando teclas y respirando. Las formas de cómo empecé. Los pensamientos que me llevaron a buenos puertos. Las tablas para ordenar lo que quieres contar. Los inconvenientes que se podía encontrar y como superarlos. Los croquis de las tácticas que me llevaron a resolver problemas que veía imposibles. Cualquier teoría que la pudiera acercar a su deseo. Todo lo que mi mente recordara que la pudiera ayudar. Mientras lo hacía, de vez en cuando le daba la mano para darle energía al mismo tiempo. Sentí que todo lo que le pudiera ofrecer nunca sería suficiente.

Y después de compartir toda la mañana juntos y de disfrutar de aquel maravilloso encuentro, llegué a la conclusión de que; Dhalia era una mujer excelente, mística y especial. Con una dulzura que te bañaba por completo, luchadora, viajando sola por el mundo en busca de su verdad. Con un deseo en la mirada que superaba cualquier límite. Un afán por encontrar aquello que le faltaba, por saber cómo podía dejar su experiencia plasmada entre las páginas llevada por un impulso incontenible. Sin esperar nada de nadie y dando todo a cambio. Acompañada de una fortaleza y una fe que sin duda le hará seguir adelante y salir de cualquier problema, porque lo que más me sorprendió fue que durante todo el encuentro, no perdió ni un instante la sonrisa, a pesar de confesarme que tenía un cáncer.

P. D: El siguiente café, leeremos juntos el principio de tu libro.

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Por Ander García Martinez.

 

 

 

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El origen de “Louise”

El otro día, estaba repasando antiguos archivos en el ordenador y de pronto encontré un trozo de texto entre las carpetas. Era el principio de un libro, de una historia que comencé a escribir hace años, antes de haberme enfrentado a la aventura de mi propia vida… Empecé a leerlo y de pronto descubrí algo que me sorprendió…

1916

     “—¡Bienvenido a caramelos Marshall!… señor. Adelante coja uno… son especiales de la casa— Entonces Mr Doonie después de saborear aquel bombón con aquel ligero gusto en el paladar a whisky de calidad, quizás Escoces, educadamente se metió el papel del envoltorio en el bolsillo de la chaqueta, dio dos pasos al frente, y mientras intentaba retener al máximo aquel dulzor en la boca, la energía que sintió frente a él le hizo quedarse quieto, levanto la mirada, y allí quedó perplejo al divisar tanta belleza en aquel espacio. Era el interior de la edificación más bella y selecta que jamás hubiera imaginado en sus mejores sueños.

—Disculpe…—Preguntó el señor Doonie sin poder apartar la vista de la esquisitez de aquel lugar.

—Dígame señor…

—Me podría indicar dónde se encuentra la biblioteca.

—Claro señor… la encontrará al fondo, cruzando el pasillo principal, después de la sección de sedas Wilson corp.

—¿Sedas?

—Sedas, licores, dulces, de todo lo mejor señor, si me permite la ausencia de modestia. La calidad es nuestra razón de ser… así lo quiso su abuelo que en paz descanse.

El señor Doonie, volvió a meter la mano en el bolsillo y lanzó al aire un doblón de oro macizo brillante, que el mozo cogió al vuelo con gran habilidad.

—¡Gracias señor!

Pero antes de que el señor Doonie abandonara el hall, aquel simpático y sonriente mozo le susurró algo al oído…—Lo que usted está buscando señor, lo encontrará en la galería central de la biblioteca, al final de la estantería de la izquierda…

—¿Cómo sabe que estoy buscando algo?

—Porque lo puedo leer en su mirada señor, y yo me encargo del recuento de ejemplares… “Alfred Doonie” todos sentíamos una gran admiración por su abuelo señor. Sabía que algún día tendríamos el placer de conocerle. Sabíamos que tarde o temprano vendría a buscarlo. Segunda fila, el tercero por la izquierda. Espero disfrute con la visita…

Y con una suave palmada en el rostro de agradecimiento, dejando al mozo a sus espaldas, el señor Doonie se dirigió hacia “La gran biblioteca universal” donde estaba a punto de hacer el descubrimiento de su vida. No era un libro cualquiera. Se trataba de un libro muy especial. El libro que contenía el más rico de los contenidos literarios. La mayor belleza y exactitud con las palabras más maravillosas que se habían escrito. La verdad de todas las verdades, El autentico sentido del “todo”. El sueño convertido en vida y la vida en frases de ensueño. La explicación de todas las dudas. Un mapa para encontrar los tesoros del alma. Escrito en poco más de 1000 páginas. El libro que todos quisimos tener, leer y escribir. Una obra entre las obras que su abuelo dejó años atrás en aquella estantería con el mayor de los cuidados… para él.

El señor Doonie continuó por el gran pasillo hasta llegar a la puerta de la majestuosa biblioteca, llena de detalles señoriales en caoba, mármol blanco y oro. El corazón empezó a acelerar su pálpito y una gota de sudor comenzó a descender por su frente moldeando las curvas de su gesto lleno de intriga e incertidumbre. Con sumo interés encaró el pasillo central de la biblioteca y siguió las recomendaciones del mozo. Encontró el lugar exacto, alzó la vista y allí estaba. Se podía leer claramente en el lomo “Alfred Doonie”. Mr Doonie alzó la mano para llegar a la estantería y con sutileza cogió el manuscrito entre sus manos. Abrió las tapas y pudo leer… “Gran convenio de la cúpula literaria de Milton otorga el reconocimiento a la obra de Alfred J.Doonie, su legado. Bienvenido al viaje de su vida” Entonces el señor Doonie envuelto en su propia expectación se dispuso a pasar la primera página, pero antes de que pudiera ver lo que había escrito, una fuerza desconocida cerró bruscamente las tapas frente a su rostro, sintió un fuerte golpe en el pecho, quedo tumbado en el suelo mientras el libro cayo de sus manos y al tocar el suelo… el libro desapareció dejando un fino polvo diamantino flotando en el aire, que se fue posando chispeante sobre sus zapatos de piel marrón…  ante su mirada atónita.

1884

     Condado de San Peterson…

     —¡Señorito Doonie! ¡señorito Doonie! ¡Despierte! El desayuno está preparado. Café con leche, azúcar con canela y bizcocho de almendras recién horneado. Apresúrese o se le enfriará. Ah  si! se me olvidaba. Le ha llegado una carta certificada, se la dejé encima de la mesa del comedor junto a al tarro del azúcar. Dese prisa señorito o llegará tarde a la universidad!

     El señorito Doonie abandonó la estancia del dormitorio mientras frotándose intentaba aliviar el picor de uno de sus ojos y con la visibilidad borrosa del otro, apreció a su hermana al fondo del pasillo.

     —¡Sebastian! Buenos días por la mañana.

     —Hola Clarise… ¿has dormido bien?—Le preguntó el señorito Doonie en un tono gentil y preocupado.

     —Estupendamente, ayer estuve montando a Doly. Es una yegua sin igual, incomparable. Cruzamos el campo de los Lasten en poco más de quince campanadas! tendrías que animarte un día y disfrutar de su elegancia y su velocidad.

     —Será un placer hermanita. La siguiente vez lo haremos juntos en menos de doce…

     —Pero… cómo va a ser en menos de doce campanadas, nuestro peso sera mayor…

     —Pero nuestra energía, unión y cariño también lo serán y Doly al percibirlo se encargará del resto…

     Sebastian bajó por las escaleras de la villa y mientras se acercaba a la planta principal comenzó a percibir los aromas cálidos de su preciado bizcocho de almendras. Antes de llegar al comedor, junto a la cocina para invitados, El señorito Doonie tuvo otro encuentro matutino (siempre sorpresivo) con su madre; Ana H.Doonie. Una mujer rebosante de amor y ternura que solo mirándole a los ojos, uno podía percibir todos los buenos actos que guardaban su pasado.

     —Sebastian hijo! dale un beso a mama… a que no sabes que he encontrado… las fotos de tu viaje a Dipson Parck. Aquellas que llevabas meses buscando entre los cajones de tu escritorio. A que no sabes dónde han aparecido…

     —¿Dónde mama?

     —En los cajones del escritorio. (Todas las madres tienen algo de arqueólogas, la infinita capacidad de encontrarlo todo. Fascinante…)

     —Gracias mami… te quiero.

     Ya en el salón comedor, cara a cara con uno de los mejores momentos del día donde se mezclan la energía y el dulzor. Sebastian se dispuso a comenzar con su desayuno, a la vez que el sol que entraba por la ventana calentaba su rostro y los rayos resaltaban los aromas vaporosos que llegaban a su nariz. Al coger la cucharilla de plata del azúcar vio el sobre pellizcado bajo el tarro. La curiosidad fue mayor que el afán por incarle el diente a aquel delicioso bizcocho pero al intentar coger la carta, torpemente esta cayó de la mesa y quedó sobre el firme por la cara opuesta. Sebastian se inclinó y al fijarse en ella pudo leer claramente lo que había escrito junto al matasellos; “Correo del gobierno de Fidelson” y al lado… “Envío Urgente”. Sebastian sintió el golpe de su corazón en el pecho, un calor inesperado recorrió sus sienes y para cuando quiso darse cuenta las palmas de sus manos ya habían roto a sudar. Rechazó la idea de buscar su abre cartas malgastando el tiempo y comenzó a abrir el sobre con impaciencia, sacó la carta la extendió sobre la mesa y entonces descubrió su contenido…

     “De Alfred Doonie para Sebastian Doonie”

     Querido nieto…

     Y volviendo a mí, mientras leía el principio de esta historia que escribí hace años, mucho antes del “hoy” donde acabo de terminar mi primera novela “Louise” Al descubrir este texto, aprecié que aunque no tengan nada que ver una con la otra, en ella reside el nacimiento de uno de los personajes principales de “Louise” “El señor Doonie” pero eso no era lo relevante…  Recuerdo que cuando escribí entonces la última frase “Querido nieto…” sentí un silencio dentro de mí que no podía superar. Quería seguir escribiendo pero mis manos dejaron de moverse. Era imposible seguir aquel parón monumental de mi alma que llegó hasta esa frase. Como una linea imposible de cruzar. Lo intenté durante días pero la historia no crecía en mi mente. Me preguntaba porqué no salían las palabras para continuar. Me lo pregunté durante muchísimo tiempo, hasta que hace unos días cuando lo leí, descubrí porque no pude seguir escribiendo.

Me di cuenta de que para escribir un libro… primero hay que vivirlo.

Por Ander García Martinez.

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Epitafio

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