¿Qué tal?

Julian salió de la oficina sudando, estresado y descamisado, después de haberse tragado una bronca monumental de su jefe por algo que no había hecho. Su ceño fruncido evidenciaba una resignación y un estancamiento al que estaba demasiado acostumbrado. Al cruzar la esquina, me encontré con él y me saludó algo forzado…

—Hombre ¡Louise! Hola ¿qué tal, qué tal?

—Creo que bien…

—Qué… sigues con eso de la musiquilla. Pero qué ¿te da dinero?

—No, ahora me dedico a escribir…

—¿A escribir? y qué ¿tienes algo publicado? ¿Ganas dinero con ello? ¿Te lee alguien?

—Bueno…

—Y qué… aquello del teatro ¿lo dejaste? ¿por qué lo hiciste? eras muy bueno. Pero no daba dinero ¿verdad?

—Algo cayó…

—Y qué ¿sigues tan soñador como siempre? pero en algo tendrás que trabajar, hay que comer y pagar las facturas… qué haces ahora ¿eh? ¿qué haces ahora?

—¿Qué hago? pues…  hace años que no piso mi zona de confort.

 

Por Ander García Martinez.

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La gran pérdida

Iba en el metro, pensando y sin pensar a la vez. De pronto, en una de las paradas se abrieron las puertas y entró un músico callejero. Al mirarle, su energía me rozó y no me gusto nada lo que llego a tocarme, pensé… ¡Joder! otro “ladrón del silencio” a punto de infectar el aire con su desastrosa actuación. Otro de esos que a secuestrado a la música a punta de pistola, para que vaya tendiendo la mano en su nombre, pidiendo una limosna…

Afinó el amplificador, probó el micrófono y, de pronto empezó a salir de su alma una magia tan pura que ni siquiera le hacían falta alas para volar. El aire se llenó de un aura resplandeciente que era imposible evitar. Empecé a sentirme atraído y mostré mi debilidad hacía aquella sensación sin tapujos, aunque el vagón estuviera lleno. Yo fui el primero en girar el cuello hacía aquella figura, que sujetaba el micrófono en la mano, de la que emanaba algo que  hacía que te olvidaras incluso de quién eras, y luego me siguió otro, y otro, y otro más… hasta que todos los que estábamos allí miramos irremediablemente a lo que salía de lo más profundo de aquel músico, al que por supuesto, no le hacían falta conservatorio, títulos ni etiquetas.

En un instante, envueltos en medio de aquella bonita niebla, una joven de unos dieciséis años se me puso delante y tonto de mí, dejé de disfrutar de aquel espectáculo espontáneo fijándome en ella. Estaba grabando al músico con su precioso  móvil de dudosa generación, pero, lo que me indignó era que ni siquiera miraba a la pantalla mientras lo hacía. Miraba al techo completamente ausente del acto, como si lo único que le importara fuera a quien le iba a enviar aquel vídeo nada más terminar la grabación.

Mientras todos (menos nosotros dos) disfrutaban de aquella función iluminada, en aquel mismo instante, me acerqué a ella por detrás educada y silenciosamente, le toqué en el brazo, ella me miró, y señalándole al músico le dije:

—Te lo estás perdiendo.

Lo peor de todo fue que, su mirada me dijo que ni siquiera se había dado cuenta de ello. Me retiré como un fantasma para que se olvidara de mi presencia y acto seguido la joven, inconscientemente, se metió el móvil en el bolsillo, se quedó mirando fijamente al músico  y pude sentir de forma nítida como se emocionaba, como formaba parte al unísono de aquella erizante sensación con los demás presentes, volando muy lejos de allí a un lugar maravilloso, el cual no podía permitir que se perdiera.

 

Por Ander García Martinez.

La gran pérdida

 

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La consulta

 

Me senté en la sala de espera preocupado. Impaciente por saber cuales eran los resultados de los test y pruebas que me habían realizado. Esperé unos minutos junto a aquellas revistas, en las que se podía apreciar que hacía mucho que nadie acariciaba los cotilleos pasados de fecha que guardaran sus tapas raídas por las manos del tiempo.

—¿Louise?
—Sí…
—Puede pasar. (Me dijo la enfermera en un tono que me brindaba la misma consideración que se le tiene a un numero más perdido en una larga lista) Entré…
—Dr buenos di…
—Siéntese.
—”Gracias”
—Bueno Luis. ¿qué tal te encuentras?
—Perdone… me llamo Louise (Con un ligero toque francés posado sobre la “e”)
—Sí, sí… está bien, cuénteme…
—Bueno, la verdad es que esperaba hacerle yo esa pregunta. Qué conclusiones han sacado de las pruebas de la semana pasada.
—Digamos que esta conversación forma gran parte del diagnóstico final.

Mientras le empezaba a contar mi estado de ánimo al Dr, este escuchándome, posó su mano derecha extendida con la palma hacia abajo ante mi mirada, dejando ver sin pudor una amarillenta mancha de nicotina en la falange de su dedo índice. Dándome a entender que no escondía su tabaquismo, buscando premeditadamente sentirse avergonzado, haciéndome denotar que buscaba a toda costa un indició para poder empezar a superar su adicción.

Al mismo tiempo que mis labios seguían describiéndome ante la mirada del Dr. a cuatrocientos metros tras la ventana de la consulta, sobre la acera, me percaté de que una mujer incómoda estaba a punto de recibir una visita que no deseaba. A los diez segundos apareció un tipo malhumorado que gesticulaba violentamente ante el rostro de la mujer demostrando con su lenguaje corporal que era incapaz de reconocer que amaba a aquella mujer que se presentaba más carismática. Ella tenía un brillo especial… el no.

Seguimos compartiendo impresiones y a la vez que el Dr. sacaba un pequeño bloc de notas del cajón de su escritorio para tomar apuntes, hice un barrido involuntario a la estantería de su despacho que quedaba detrás de su figura sentada. Por un lado me fijé que sobre las baldas de la estantería había varías fotos en las que aparecía el que podría ser su hijo. Curiosamente en todas las instantáneas el niño aparecía con un balón en lugares todos relacionados con el mundo del fútbol. Pero la mirada del niño se presentaba triste y con el ceño fruncido, como si le hubieran obligado a estar en aquel campo del colegio o aquellas gradas de tercera división. Y por otro lado, el cuadro que enmarcaba su diploma en medicina estaba ligeramente torcido y la capa de polvo sobre el cristal era demasiado considerable, lo que me dio a entender de que había un claro síntoma de que aquel hombre no amaba su profesión y que la que siempre había deseado era la relacionada con el balón que sujetaba su hijo de mala gana en todas aquellas fotos.

El Dr. con sus palabras comenzó a insinuarme de que aquello que me iba a diagnosticar no me iba a gustar en absoluto, pero antes de hacerlo siguió haciéndome preguntas y más preguntas…

Mientras le escuchaba atentamente, entró a la consulta la enfermera ha dejarle unos informes sobre la mesa. Teniéndola de espaldas vi que llevaba la bata arrugada y podía verse una mancha a la altura del muslo por detrás que por la sequedad del contorno debía llevar allí postrada por lo menos más de un mes. Los zuecos estaban algo desgastados y los calcetines desaliñados uno por encima del otro pero curiosamente iba muy bien maquillada y exclusivamente perfumada, lo que dejaba entrever que aquella enfermera no era descuidada sino que estaba siendo arrastrada, contagiada por la desidia de aquel Dr. que claramente estaba perdiendo la ilusión por la vida. Ilusión que ella se negaba a perder del todo.

Cuando la enfermera se retiró, al Dr. se le escapó una mirada indiscreta directa a su trasero en la que se podía leer cierto rencor hacía la juventud de la muchacha y la impotencia al sentir la lejana accesibilidad hacia aquel cuerpo todavía suntuoso.

Silencioso el benedicto del Dr. se iba acercando cada vez más y mientras sus palabras tomaban un tono oscuro en relación a la triste noticia que me esperaba puse inconscientemente mi atención en el Rolex que llevaba en su muñeca izquierda y mientras se frotaba la barbilla pensando en como me iba a decir aquello que fuere, pude fijarme que la aguja del segundero se movía torpe y desacompasada tras la esfera, carente de la suave fluidez que demuestra el segundero de un Rolex auténtico. Por no hablar del cíclope o lente que aumenta la fecha del reloj, el efecto lupa brillaba por su ausencia lo que definitivamente me corroboró toda sospecha de que aquel reloj era falso. También supe que aquel hombre conducía un buen coche que pedía a gritos una renovación por el estado deteriorado de las llaves que estaban encima de la mesa y cuyo símbolo de alta gama ya apenas se podía apreciar del desgaste.

Por fin…

El Dr. después de hacer un último repaso sobre sus notas, levanto la mirada y poniendo una de sus manos sobre las mías en señal de condolencia me dijo:

—No es fácil para mi tener que hacer este diagnóstico pero lamento informarle de que sufre usted de un grave caso de TDAH o síndrome de déficit de atención que influirá negativamente sobre usted de por vida.
—¿Falta de atención?… Ud creé.

 

La consulta

La consulta

 

Por Ander García Martinez

 

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20 euros

En una de mis múltiples mudanzas, tenía que llevar a mi nuevo domicilio dos cajas muy pesadas con la mayoría de mis objetos personales; libros, cuadernos, etc…

Tenía que llevar las dos cajas enbaladas desde una punta de la ciudad a la otra. En un principio pensé en coger un taxi y gastarme 20 euros pero preferí ahorrarme el dinero y me pareció más adecuado conseguir un carro con ruedas (de esos que usan los transportistas) y cargar yo con las cajas hasta una parada de metro que me acercara a mi nuevo estudio.

Cuando llegué a mi antigua dirección, busqué por los alrededores un comercio o un supermercado en el cual pudiera pedir, este gran invento de la humanidad con ruedas, para no destrozarte la espalda.

Cuando llevaba un tiempo buscando, me fijé en una tienda de esas que venden productos naturales a peso (granos, especias) en la cual disponían de un carro perfecto para solucionar mi problema. Me acerqué y entré en la tienda para ver si me lo podían dejar. Al principio la chica que atendía y la única responsable que se  encontraba tras el mostrador me pareció una persona bastante reservada y poco dispuesta a ceder en nada. Hablé con ella…

—Hola, buenos días. Miré tengo un problema. Me estoy mudando de piso y necesitaría el carro que tienen en la entrada por una hora o así, para llevar las dos últimas dos cajas que me quedan del traslado.

La chica en un principio se mostró distante y me dijo que el carro costaba mucho y que ella no era la dueña de la tienda, que le suponía una gran responsabilidad debido a que lo necesitaban a diario para mover los sacos de producto. Entonces supuse que debía hacer que ella se fiara de mí ya que por supuesto yo no tenía ninguna mala intención. Me dejé de protocolos y la traté de “tu” para no parecer más distante todavía…

—Mira, si te parece mientras me lo llevo, para que veas que soy alguien de fiar te dejo mi carnet de identidad y 20 euros como fianza por hacerme el favor.

Por su mirada de reojo parecía que no estaba del todo convencida pero al final ante mi cara de perro abandonado bajo la lluvia cedió. Cedió, pero no me dijo otra cosa…

—Espero que no le pasa nada al carro y me lo devuelvas en perfecto estado, cuesta más de 100 euros—Me recalcó.

—No te preocupes por nada, te lo devolveré tal y como está…

Cogí el carro, subí a mi antigua dirección y cargue las pesadas cajas en el. Después de tirar calle abajo, todo iba bien hasta que me di cuenta empujando el carro entré el gentío del metro, de que algo estaba empezando a fallar. Sentí que el carro, que en un principio parecía muy robusto, empezó a balancearse y a renquear sospechosamente hasta que me di cuenta… Una de las ruedas se había deshinchado por completo debido al peso que llevaba. Empecé a sudar pensando que las cosas se estaban dando a torcer y a ponerme nervioso entre la multitud apresurada del metro. La idea de tardar demasiado en devolver el carro me comía por dentro. Pensé—bueno cuando deje las cajas en casa, hincho la rueda, se lo devuelvo y listo—

Me costó bastante el mero hecho de llegar a casa sin que la rueda se reventara , sujetando a pulso el carro de lado para que esta no sufriera. Por fin llegue a casa, dejé las cajas y decidí buscar un sitio donde me hincharan la rueda. Ya más desahogado con el carro vacío, me acerqué a un “rent a bike” que había justo al lado de mi nuevo portal.

—Perdona, me podrías hinchar la rueda que se me ha deshinchado?

—Claro! como no…

Hinchamos la rueda pero para mi desgracia a los 10 segundos me di cuenta de que esta volvía a estar igual… pinchada. Empecé a ver la cara de la chica y a acordarme de todo lo que habíamos hablado. Lo único “positivo” era que, cuando salí de la tienda de bicis, me percaté de que la rueda al estar el carro sin peso, tampoco se notaba demasiado que la rueda estaba pinchada…

Antes de llegar a la tienda de la chica, me encontré con un transportista…

—Oiga perdone!

—Dime “macu

—No sabrás donde me pueden arreglar este pinchazo?

—Uuuyyy… estas ruedas de carro pequeñas son muy puñeteras y dudo que te la arreglen en ningún taller.

—Mierda! (con perdón) necesito arreglarla antes de devolver el carro a una tienda donde me lo han dejado y me están esperando!

—Mira yo te puedo decir dónde venden este tipo de ruedas, en…

Pero el sitio estaba muy lejos y no me daba tiempo.

—Vale, gracias!

Llegue a la tienda y pensé—bueno igual no se da cuenta—. Cuando entre en la tienda con el carro entre las manos la chica me sonrió agradecida pensando que volvía con él sano y salvo, y cuando lo coloqué de donde lo había cogido encima ella me dijo;

—Qué tal va? estupendo verdad… es un carro muy majo, a mi me va super bien…

—Bueno… si…

Al principio no dije nada y ella me devolvió los 20 euros y el carnet de identidad que le había dejado como fianza, pero antes de irme y a pesar de que lo había intentado disimular, sentía remordimientos porque aquella chica se había portado bien conmigo. Entonces rectifiqué y le dije;

—Oye mira… para serte sincero, la verdad es que he tenido un problemilla y la rueda de la derecha…

—Ah! no te preocupes… si, ya se, está un poco deshinchada… de vez en cuando la hincho y ya está, tu no te preocupes, te puedes ir tranquilo…

Al ver que ella no le daba importancia al asunto, le dí las gracias a la chica y me fui pensando que quizás, la situación no era tan grabe como pensaba. Pero al salir de la tienda y llevar unos metros recorridos un pensamiento no dejaba de rondarme en la cabeza;

“Si, la rueda le solía dar problemas pero yo no le he dicho la verdad. No le he dicho que la rueda estaba pinchada por mi culpa y tarde o temprano se va a dar cuenta”

Entonces pensé que; qué menos que volver, darle 5 euros para que arreglase el pinchazo y disculparme. Según me acercaba otra vez a la tienda de la chica para quitarme aquel mal sabor de conciencia, vi un bazar chino y me acordé de que tenía que comprar una cuchara de palo para la cocina. Entre…

—Perdone, tiene cucharas de palo?

—Si, al fondo a la “delecha

En los bazares chinos parece que todo está siempre al fondo a la “delecha“… entonces… qué hay en la entrada?

Entre todos los cachivaches encontré las cucharas de palo y de pronto cosas del destino, justo debajo de ellas vi una rueda de carro de repuesto exactamente igual que la que había pinchado. Me dije; esto es una señal… y las señales no se dan muy a menudo.

—Señora, cuánto vale la rueda?

—Rueda y “cuchala” 20 “eulo

Volví corriendo a la tienda de la chica, ya no podía seguir sintiéndome mal. Entre…

—Hola guapa!

—Hombre! cómo tu por aquí otra vez?

—Pues mira… sabes que pasa, que antes no te he dicho toda la verdad, porque con el peso de mis cajas la rueda se ha pinchado.

—Ah! bueno… no te preocupes, solo es un carro, ya lo arreglará mi jefe…

—Bueno, pues solo será un carro pero yo te he traído la rueda.

—No te puedo creer que te hayas molestado…

—No ha sido ninguna molestia, a sido todo un placer.

Y la chica me dio dos besos emocionada mientras sentí al mirarnos que se nos iluminaba la mirada…

En resumen; ayudé a aquella chica en cierta forma, porque aquella vieja rueda que tenía no iba a tardar en darle problemas, lleve mis cajas, me llevé dos besos muy especiales y una vez más me di cuenta de que;

Sentir el alma libre y respirar el aire del bien… no tiene precio.

 

Por Ander García Martinez

 

20 euros

 

 

 

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