La nueva soledad

El hombre, por su miedo, tiende a crear y avanzar su tecnologia siempre en base a alejarse, a distanciarse (de lo que mas teme), de si mismo. Compra desde casa, comunícate desde tu móvil, consigue fortuna para levantar tus propios muros, liga desde la distancia, juega encerrado… Cuanto adelanto tecnológico in-volutivo sale equivocadamente a diario, cuando la APP que mas necesitamos es la que te permita acariciar la cara del vecino. Las personas están experimentando una nueva soledad jamas sufrida en carnes, la soledad total, la perdida absoluta de la compañía. La perpetua soledad emocional. Estamos dejando nuestras almas abandonadas en esa gasolinera a la que ya no nos atrevemos a mirar hacia atrás, mientras nos alejamos con la mirada perdida… Quien sabe, quizás estemos a tiempo de girar y dar la vuelta… o no.

 

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La consulta

 

Me senté en la sala de espera preocupado. Impaciente por saber cuales eran los resultados de los test y pruebas que me habían realizado. Esperé unos minutos junto a aquellas revistas, en las que se podía apreciar que hacía mucho que nadie acariciaba los cotilleos pasados de fecha que guardaran sus tapas raídas por las manos del tiempo.

—Louise?
—Si…
—Puede pasar. (Me dijo la enfermera en un tono que me brindaba la misma consideración que se le tiene a un numero más perdido en una larga lista) Entré…
—Dr buenos di…
—Siéntese.
—”Gracias”
—Bueno Luis. qué tal te encuentras?
—Perdone… me llamo Louise (Con un ligero toque francés posado sobre la “e”)
—Si, si… está bien, cuénteme…
—Bueno, la verdad es que esperaba hacerle yo esa pregunta. Que conclusiones han sacado de las pruebas de la semana pasada.
—Digamos que esta conversación forma gran parte del diagnóstico final.

Mientras le empezaba a contar mi estado de ánimo al Dr, este escuchándome, posó su mano derecha extendida con la palma hacia abajo ante mi mirada, dejando ver sin pudor una amarillenta mancha de nicotina en la falange de su dedo índice. Dándome a entender que no escondía su tabaquismo, buscando premeditadamente sentirse avergonzado, haciéndome denotar que buscaba a toda costa un indició para poder empezar a superar su adicción.

Al mismo tiempo que mis labios seguían describiéndome ante la mirada del Dr. a cuatrocientos metros tras la ventana de la consulta, sobre la acera, me percaté de que una mujer incómoda estaba a punto de recibir una visita que no deseaba. A los diez segundos apareció un tipo malhumorado que gesticulaba violentamente ante el rostro de la mujer demostrando con su lenguaje corporal que era incapaz de reconocer que amaba a aquella mujer que se presentaba más carismática. Ella tenía un brillo especial… el no.

Seguimos compartiendo impresiones y a la vez que el Dr. sacaba un pequeño bloc de notas del cajón de su escritorio para tomar apuntes, hice un barrido involuntario a la estantería de su despacho que quedaba detrás de su figura sentada. Por un lado me fijé que sobre las baldas de la estantería había varías fotos en las que aparecía el que podría ser su hijo. Curiosamente en todas las instantáneas el niño aparecía con un balón en lugares todos relacionados con el mundo del fútbol. Pero la mirada del niño se presentaba triste y con el ceño fruncido, como si le hubieran obligado a estar en aquel campo del colegio o aquellas gradas de tercera división. Y por otro lado, el cuadro que enmarcaba su diploma en medicina estaba ligeramente torcido y la capa de polvo sobre el cristal era demasiado considerable, lo que me dio a entender de que había un claro síntoma de que aquel hombre no amaba su profesión y que la que siempre había deseado era la relacionada con el balón que sujetaba su hijo de mala gana en todas aquellas fotos.

El Dr. con sus palabras comenzó a insinuarme de que aquello que me iba a diagnosticar no me iba a gustar en absoluto, pero antes de hacerlo siguió haciéndome preguntas y más preguntas…

Mientras le escuchaba atentamente, entró a la consulta la enfermera ha dejarle unos informes sobre la mesa. Teniéndola de espaldas vi que llevaba la bata arrugada y podía verse una mancha a la altura del muslo por detrás que por la sequedad del contorno debía llevar allí postrada por lo menos más de un mes. Los zuecos estaban algo desgastados y los calcetines desaliñados uno por encima del otro pero curiosamente iba muy bien maquillada y exclusivamente perfumada, lo que dejaba entrever que aquella enfermera no era descuidada sino que estaba siendo arrastrada, contagiada por la desidia de aquel Dr. que claramente estaba perdiendo la ilusión por la vida. Ilusión que ella se negaba a perder del todo.

Cuando la enfermera se retiró, al Dr. se le escapó una mirada indiscreta directa a su trasero en la que se podía leer cierto rencor hacía la juventud de la muchacha y la impotencia al sentir la lejana accesibilidad hacia aquel cuerpo todavía suntuoso.

Silencioso el benedicto del Dr. se iba acercando cada vez más y mientras sus palabras tomaban un tono oscuro en relación a la triste noticia que me esperaba puse inconscientemente mi atención en el Rolex que llevaba en su muñeca izquierda y mientras se frotaba la barbilla pensando en como me iba a decir aquello que fuere, pude fijarme que la aguja del segundero se movía torpe y desacompasada tras la esfera, carente de la suave fluidez que demuestra el segundero de un Rolex auténtico. Por no hablar del cíclope o lente que aumenta la fecha del reloj, el efecto lupa brillaba por su ausencia lo que definitivamente me corroboró toda sospecha de que aquel reloj era falso. También supe que aquel hombre conducía un buen coche que pedía a gritos una renovación por el estado deteriorado de las llaves que estaban encima de la mesa y cuyo símbolo de alta gama ya apenas se podía apreciar del desgaste.

Por fin…

El Dr. después de hacer un último repaso sobre sus notas, levanto la mirada y poniendo una de sus manos sobre las mías en señal de condolencia me dijo:

—No es fácil para mi tener que hacer este diagnóstico pero lamento informarle de que sufre usted de un grave caso de TDAH o síndrome de déficit de atención que influirá negativamente sobre usted de por vida.
—Falta de atención?… Ud creé.

 

La consulta

La consulta

 

Por Ander García Martinez

 

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Dios

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La inteligencia

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