Oiga doctor

Me dolía mucho la cabeza, o eso creía. Soy extremadamente hipocondríaco, de esos que piensan que cuando te duele algo hay que ir llamando a la funeraría. Eran unos pinchazos en el cuero cabelludo como latigazos eléctricos. Pensé;  “un tumor… vete diciendo adiós a la gente”. Llamé para pedir hora a mi médico…

—Si… para coger hora por favor…

Me dieron cita para siete días más tarde.

A la semana me di cuenta de que ya no me dolía nada, se me había pasado el dolor y decidí llamar para anular la cita…

—Buenas… señorita quería anular la cita de hoy con mi doctor.

—Pero si usted no tiene cita para hoy.

Resulta que se me había pasado la fecha… habían pasado 8 días. Entonces me lo volví a pensar y le dije;

—Bueno… entonces ya que estoy deme cita de nuevo por favor.

—Está bien, para dentro de 4 días le viene bien?

—Si, perfecto gracias…

No entendía porqué había vuelto ha pedir cita si ya no me dolía nada…

Llegó el día de la cita, que era a las 8:30 de la mañana y a las 7:00 me había puesto el despertador. Sonó… Volví a pensar que  para que iba a ir al médico si seguía sin dolerme nada, pero por otra parte la idea de volver a fallar en la lista de pacientes del día me corroía por dentro. Sobre todo, porque mi médico es una persona sumamente agradable. Me levanté de la cama, me desperecé y fui hasta mi ambulatorio.

—Louise… pasa por favor.

—Buen día doctor.

—Bueno… tu dirás. Qué es lo que te duele?

     …Y entonces me di cuenta de que a veces simplemente… necesitamos hablar con alguien.

Oiga doctor

Por Ander García Martinez

 

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El bolígrafo mágico

Cuando era pequeño siempre pensé que podía mover objetos con la mente, que tenía poderes mágicos. Solía sentarme en el escritorio de mi habitación y cuando me quedaba solo, me ponía un bolígrafo justo en frente en medio de la mesa y comenzaba con el hechizo… Me quedaba mirándolo fijamente y entonces empezaba a reunir todas las fuerzas del mas allá…

—Muévete, muévete!—Pensaba mientras hacia cosas raras con las manos alrededor del “boli” sin tocarlo…

—Muévete, vamos muévete!—Me decía por dentro mientras  clavaba la mirada en el con toda mi fe…

—Muévete! se que puedo hacerlo, venga muévete solo un poquito. Dame una señal de que es cierto, de que soy capaz de mover objetos con la mente.

Pero después de mirar el bolígrafo 10 minutos seguidos… este seguía allí, quieto en medio de la mesa.

El otro día…

Estaba en la inopia (como de costumbre) dando vueltas por el centro comercial cuando de repente… lo vi claro. En aquel instante sin pensármelo cogí y salí corriendo de aquel mundo artificial. Corrí hasta la parada del autobús… este me llevó hasta la parada del metro… bajé las escaleras empujando a la gente como si me fuera la vida en ello… salté el pase no había tiempo que perder… entré por las puertas del metro justo cuando estaban a punto de cerrarse… me llevó hasta la plaza Cataluña que es donde vivo… me bajé del vagón, subí las escaleras, corrí los cien metros que había hasta mi portal… subí hasta mi piso sorteando los escalones de tres en tres… metí la llave en la cerradura, la giré, entré… y cogí mi bolígrafo para escribir esto que estoy contando ahora.

Lo sabía… cuando era pequeño sabía que había magia… lo que no sabía era quién se movía.

Por Ander García Martinez

El bolígrafo mágico

 

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Javier

Un domingo tertuliano, Javier de 6 años comía sentado en la mesa rodeado de sus familiares…

Nadie le estaba prestando mucha atención cuando de pronto cogió el cuchillo y el tenedor y se dispuso a cortar el filete que tenía en el plato. Cuando empezó a cortar, uno de los adultos de la mesa se empezó a fijar en el…

     —Joé Javier! Cómo has crecido ya, cortando tu solo el filete y todo eh!

Javier haciéndole el mismo caso que le estaban haciendo a el siguió comiendo… Acto seguido Javier con sus pequeñas manitas cogió una enorme botella de agua y se empezó a llenar la copa…

     —Mirar! mirarle a Javier llenándose el solo la copa. Qué grande eres ya eh Javier!

El niño siguió en su linea y para rematar como se le había quedado un poco de puré de patata en el borde del labio, cogió una servilleta y con sumo cuidado se limpió…

     —Pero bueno Javier! muy bien, ya como nosotros eh, qué mayor!

Y entonces Javier sin levantar la mirada del plato le contesto…

     —Si, todavía soy pequeño… no como tu.

Javier

Por Ander García Martinez

 

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Las patatas y el pimiento.

Hay una gran diferencia entre pobres y ricos… 

El pobre se cree que el dinero da la felicidad y el rico… ya sabe que no es cierto.

Es como si el mundo fuera un inmenso campo de patatas y quisiéramos encontrar un enorme pimiento bermellón carnoso y reluciente en el. Por muy lejos que vayamos a buscarlo jamás lo encontraremos sencillamente porque pimientos no hay. Pero para qué queremos buscar un pimiento… pudiendo encontrar la patata más bonita del mundo.

Por Ander García Martinez

las patatas y el pimiento

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